La obsesión contra el turismo

Francisco Pomares
Cada vez que en las islas nos enfrentamos a un problema en la economía, surgen voces que reclaman el cambio del sistema económico canario, al que se responsabiliza de lo que ocurre. Nuestro sistema económico son muchas cosas, algunas claramente ineficientes, pero para la mayor parte de las personas que culpan al sistema económico canario de nuestros males y padecimientos, cuando se habla de sistema económico lo que se quiere decir es turismo. Es curiosa esa obsesión de responsabilizar al turismo de los males económicos de nuestra tierra, cuando en realidad, si no tuviéramos turismo, nuestra economía sería mucho más dependiente y tercermundista. El turismo ha sido la clave de la modernización producida en el sistema económico regional, del crecimiento y del desarrollo desde 1960 hasta la actualidad. La mejor prueba de que el turismo es insustituible en la economía regional, es la situación por la que estamos atravesando ahora, cuando se ha producido un parón brutal en la actividad.
Ante esa situación de paralización del turismo, lo razonable sería que recitáramos todos –como si fuera un mantra– que es necesario que la situación se normalice, que la actividad se recupere y el turismo vuelva a poner en marcha la economía regional. Pero lo que se escucha con más frecuencia en ambientes políticos y su replicar mediático es justo lo contrario, decir que este es el momento de superar la dependencia del turismo. Lo que nadie dice es cómo se puede dejar de depender de un sector que en las islas representaba en 2018 más de la tercera parte del PIB –16.000 millones de euros–, y más de un cuarenta por ciento del empleo –casi 350.000 trabajos–, y que en los últimos diez años ha pasado de suponer el 25 por ciento del PIB al 35 por ciento. Y eso sin contar la capacidad de arrastre de la actividad que genera el sector, que –según datos de Exceltur– por cada 100 euros de valor económico de efectos directos, se generan 50,7 euros en toda una serie de sectores directamente vinculados.
Eso debería ser ya de por sí, suficiente para entender que el modelo económico canario, con todas sus deficiencias –y las tiene–, es irreemplazable como motor en las islas de la actividad económica, el empleo y la riqueza. Pero eso no quiere decir que no deban corregirse sus aspectos menos favorables, el primero y más grave, su actual ineficacia para disminuir la desigualdad. Pero hay más: la diversificación de nuestra economía no está reñida con la recuperación del turismo, porque no se trata de porcentajes de distribución del PIB. Se trata de que Canarias no puede tener una industria pesada, ni podemos generar empleo suficiente con una agricultura que ya no atrae a los trabajadores locales, ni vamos a convertirnos en el centro financiero del Atlántico Sur. Todo eso son delirios, pero en Canarias sí hay espacio para más tecnología de la información, más industria verde, más investigación, más servicios sanitarios que atraigan pacientes de fuera, más comunicaciones aéreas y marítimas, más comercio con África, más talento, y más inversión productiva de las administraciones.
En vez de plantear sistemáticamente que el turismo genera injusticia y nos lleva a la pobreza –algo que es falso– deberíamos trabajar por una fiscalidad menos blanda ante los grandes beneficios y por una legislación –acompañada de mecanismos de inspección– que impidan la precarización y explotación laboral en el sector. Esa es la tarea más urgente, cuando por fin pase todo esto.