La odisea de viajar

Mar Arias Couce
En mi último viaje fuera de la isla renuncié a la comodidad de la compañía canaria que nos duplica los asientos y nos da un tentempié, por abaratar un poco la cosa y optamos por la compañía irlandesa que encoge el espacio y realiza tómbolas en directo, si se tercia la ocasión, pero suele llegar rápido. Quitando la tensión nerviosa de hacer la cola rezando que al azafato no se le tuerza el morro y se empeñe en que tu mochila tiene un centímetro más de lo permitido y te multe con el plus correspondiente, no solemos tener ningún problema. Son dos horas y media, se pasan y listo.
Pero no, la última vez las dos horas y media se me hicieron como ocho o nueve horas mal llevadas. Me explico. Me tocó en medio de los tres asientos. El jamón del sándwich. A mi derecha, una chica jovencita con un libro que tenía pinta de interesante y con la que, de hecho, intercambié una breve conversación sobre literatura, géneros y autores. Luego cada una nos pusimos a leer y a lo nuestro.
El problema fue el señor sentado a mi izquierda. El hombre ocupaba todo su asiento, parte del mío y parte del pasillo. No me voy a meter con el físico de nadie, ni con los problemas de peso, pero ya digo que ir dos horas y media con el codo de un señor metido en mi cara… no es agradable. En cualquier caso, tampoco fue eso lo más grave. Lo peor es que el señor no paraba quieto con el móvil. Pasaba de un vídeo de Tik Tok a otro y lo hacía con el sonido en voz alta. La chica de mi derecha y yo cerrábamos el libro a la vez porque nos resultaba imposible leer con aquella escandalera, pero oye… nadie vino a decirle nada. Los azafatos, que eran chicos esta vez, ni le comentaron que pusiera el modo avión, ni que se pusiera unos cascos para no molestar al resto del pasaje.
No puedo entender que estén atentísimos a si alguien pasa con una mochila ligeramente superior a los centímetros que marca la inflexible jaula medidora de equipaje que exhiben a la entrada del vuelo, pero no les parezca mal que alguien incumpla la internacional norma de poner el móvil en modo avión. Y si lo hace, coño, al menos ponte los cascos y disimula, pero es que dio igual porque al parecer eso no le importaba a la empresa.
En fin, viajar puede ser un placer o una auténtica odisea. Aun así, seguiremos haciéndolo, porque pocas cosas compensan tanto como salir de la isla durante unos días. Solo pediría un pequeño milagro: que algún día las aerolíneas vigilen con el mismo celo los decibelios que los centímetros de una mochila.