Viernes, 06 Marzo 2026
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Francisco Pomares

 

Pedro Sánchez ha decidido aterrizar en la guerra de Irán con una vieja pancarta, la más reconocible de la política española contemporánea: el “No a la guerra”, el eslogan que en 2003 llenó las calles contra la invasión de Irak por el trio de las Azores ha sido rescatada, desempolvada y colocada en el centro del discurso presidencial frente al enésimo exabrupto del bocachancla Trump. La escena tiene algo de déjà vu. Trump desatado desde su Despacho Oval, arremetiendo contra España por no permitir el uso de Rota y Morón en operaciones vinculadas a la guerra con Irán y por no plegarse a su exigencia de elevar el gasto militar al cinco por ciento del PIB. Y Sánchez respondiendo desde La Moncloa leyendo ante las cámaras de televisión un comunicado solemne, sin preguntas, sin periodistas, sin debate parlamentario inmediato y sin contraste público.

 

La posición española, en lo esencial, es absolutamente razonable y defendible. Apostar por el multilateralismo, por la legalidad internacional y por evitar una escalada bélica encaja con la lógica y la sensibilidad mayoritaria del país. España no es una sociedad entusiasta de las aventuras militares. Y menos aún cuando el conflicto nace de una decisión unilateral y muy polémica, contestada incluso dentro de Estados Unidos.

 

Pero una cosa es tener razón y tener perfecto derecho a defender esa razón, y otra muy diferente ampararse en la razón para forzar una reconstrucción sentimental del movimiento contra la guerra de 2003, planteada con fines claramente electorales.

 

Un eslogan no sustituye a una estrategia. Y mucho menos en un contexto en el que hay misiles reales, mercados nerviosos y miles de españoles atrapados en zona de guerra. La situación exige comparecer en el Parlamento de inmediato, someterse a las preguntas y reproches de la oposición, informar al resto de los partidos, especialmente los de la oposición y, sobre todo, hablar con los socios europeos, antes de salir a escena con producción audiovisual propia. Pero la política exterior y de seguridad no están hechas para ser explotadas en un plató nacional con una peliculita para consumo interno. Si uno va a marcar perfil, conviene asegurarse de que no queda aislado en la foto. La diplomacia no se improvisa a base de hashtags.

 

Esta apelación al “No a la guerra” es legítima, pero no es inocente: Sánchez atraviesa un momento muy complicado con su propio flanco izquierdo. El desgaste, la corrupción, los abusos y la fragmentación y competencia por el voto más ideologizado, han convertido la política internacional en una oportunidad espléndida para recomponer un liderazgo hundido. Nada cohesiona tanto como un enemigo exterior y Trump es un enemigo excelente: pocos líderes occidentales resultan tan marcadamente repugnantes en sus actuaciones, sus opiniones y sus palabras como el presidente USA. Eso y una consigna moral clara y rotunda como las cuatro palabras de Sánchez, el “No a la guerra”, son el mejor pegamento electoral del que puede echar mano el presidente español en sus horas bajas.

 

Pero gobernar no es convocar manifestaciones retrospectivas. Es gestionar riesgos presentes. Cuando el secretario del Tesoro estadounidense acusa a España de “poner en peligro la vida de los estadounidenses”, no estamos ante un rifirrafe divertido, sino ante una imputación gravísima que exige respuesta institucional sólida, no solo gestos de indignación encapsulados en un video oficial para tick-toc.

 

España no puede aparecer como un país dividido y disponible para la humillación externa. Y ante esa responsabilidad cabe preguntarse si el   Gobierno y la oposición podrían hacer el esfuerzo de mantener una postura común. Convertir cada gesto en munición electoral puede ser un camino rápido a la irrelevancia.

 

Sánchez ha advertido que debemos prepararnos para una guerra larga, con consecuencias económicas severas. Y tiene razón, todo apunta en esa dirección. La repatriación de los españoles atrapados en los países más cercanos al teatro de la devastación y la activación de ayudas para mitigar el impacto en las empresas afectadas por las amenazas trumpistas al libre comercio, son tarea urgente y muy necesaria. Ahí debería concentrarse el esfuerzo institucional. Pero eso requiere transparencia y consenso continuado en lo que es obvio: la ilegalidad de esta guerra, su escasa viabilidad como operación militar para acabar con el régimen iraní, y la ausencia de una motivación ética para la intervención. Discutir eso es lo que deberías estar haciendo el Gobierno. No se construye la unanimidad nacional sobre un eslogan, por eficaz que fuera usarlo hace veinte años. Confiarlo todo al eco emocional del “No a la guerra” es arriesgado. En política interior, resulta una apuesta que se agota al poco de ser esbozada: no hay nadie enfrente pidiendo que España se implique en esta guerra. Y en política internacional, evidencia que Sánchez está más interesado en tejer un relato electoral que en lograr alianzas sólidas o una solución a esta guerra. Una guerra contra la que posicionarse, pero muy conveniente para el relato.


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