La política de las emociones

Francisco Pomares
Miles de personas enfadadas (mujeres y hombres) salieron ayer a las calles de las grandes ciudades de España clamando contra la desigualdad y la violencia machista. Este año se corearon también de forma masiva eslóganes contra la guerra y el fascismo internacional. No se trata de asuntos fruto de la casualidad, aquí no hay nada que ocurra al azar. Se trata de asuntos que dividen a la población, que la enfrentan y movilizan, como también lo hacen la inmigración o las identidades enfrentadas y el independentismo. No son los únicos problemas, probablemente ni los más importantes, pero son los que elige la política, porque al colocarlos en la agenda, desplazan otros asuntos que también preocupan, y que lo hacen a casi todos por igual, como la corrupción, la vivienda, el desempleo, la inflación, el futuro de las pensiones o el crecimiento de la pobreza.
La seguridad no mueve a las masas, son el miedo y el odio y la ira quienes realmente movilizan a los ciudadanos. Una persona segura lo que hace es reflexionar, interpretar, cuestionar lo que ocurre, buscar soluciones. Una persona enfadada no quiere arreglos, obedece a sus emociones e impulsos, se activa y se moviliza para culpar a los otros –siempre a los otros- de lo que provoca el miedo y desata las emociones. Por eso los partidos no buscan tu respaldo a lo que defienden. No quieren convencerte, ni que cambies. Lo que buscan es tu identificación con las emociones que alimentan y con los relatos que difunden. Son esas emociones y esos relatos los que definen tu identidad emocional y política, los que te hacen pertenecer a un grupo, los que dividen y enfrentan, los que polarizan. La política ya no depende de los órganos de los partidos (hoy son comités silenciosos de palmeros obedientes), sino el trabajo de asesores, periodistas, sociólogos y psicólogos, que definen las diferencias que nos separan de los de enfrente, las agigantan e inflaman con mensajes prefabricados, sazonados con miedo, y que los líderes convierten en argumentarios recitados masiva y disciplinadamente por segundones y tiralevitas, y reproducidos hasta la saciedad por los medios. Es ese ecosistema el que genera los encuadres precisos, las reacciones adecuadas a lo que detestas o te enfurece, que siempre -siempre- es lo que piensan o defienden los de enfrente. Da igual que sea cierto o no, lo importante es que tu los creas culpables. Porque la culpa es adictiva: responsabilizar a los demás acríticamente de todo lo que va mal, de lo que no funciona. Es otra de las características de esta política de ahora, donde lo importante no es la verdad, ni siquiera lo que sientes sobre lo que sucede en el mundo, sino pertenecer a una tribu, compartir sus emociones, odiar a los que la tribu odia y perdonar a los que la tribu ama, hagan lo que hagan.
La polarización es hoy el principal esfuerzo de quienes gobiernan. Polarizar se ha convertido en el trabajo al que dedican más horas, más recursos y más creatividad, los encargados de fabricar y difundir relatos, argumentos y emociones. Frente a ese esfuerzo principal, ceden todos los demás: la gestión pública, el desarrollo de políticas, el progresismo, la atención a los problemas. Los líderes más valorados por sus votantes son siempre los más detestados por los otros votantes. Los partidos centrales, los que han sido históricamente el esqueleto que sostiene a las instituciones, renuncian a la centralidad y se instalan en una trinchera financiada por recursos públicos, desde la que las oficinas del poder y quienes aspiran a él, crean bulos, falsedades, ‘y tu más’, que contaminan el discurso. Un discurso en el que se usan básicamente lemas y consignas.
Las palabras sobre las que antaño edificamos el reconocimiento de nuestra identidad colectiva como nación, se difuminan o confunden, se convierten en palabras o expresiones ‘fake’, que permiten mencionar los hechos ocultando su verdadero alcance y sentido. Así, el lenguaje elude la responsabilidad de la acción política, para centrarse en la polarización, en los términos que polarizan, no en los que definen la responsabilidad. La culpa es siempre-siempre de los otros, los adversarios, los enemigos, los de fuera, los extranjeros… los que piensan diferente o sienten emociones distintas a las nuestras. Y las palabras con las que se edificaba antes el conocimiento de la realidad, una historia común, una ciudadanía única, ya no apuntan jamás a las responsabilidades inherentes del poder. No existe la pobreza, sino eso que llaman vulnerabilidad; no existe la cobardía, ahora es tolerancia; el abuso laboral del Estado es ahora precariedad; los despidos se califican de ajustes; la violencia solo existe si es machista o vicaria; la irresponsabilidad es valentía; el oportunismo, puro talento político; los immigrantes se convirtieron en migrantes; las mentiras en cambios de opinión; y la renuncia a la igualdad de todos los ciudadanos, es fruto de la voluntad progresista de asumir la diferencia. Y el que compite por tu puesto o defiende otras ideas, es tonto, cobarde, traidor, antipatriótico o delincuente. Todas son palabras útiles al objetivo de proteger a los jefes partidarios para que puedan seguir haciendo su trabajo: consolidar una sociedad dividida.
Y no ocurre sólo aquí. Es un fenómeno planetario, global, en el que maduran el cesarismo, el populismo y el nativismo. Vivimos en ese tiempo. Y no sabemos dónde nos lleva. Pero no es a un sitio bueno.