Lunes, 25 May 2026
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Francisco Pomares

 

Las declaraciones del presidente del PNV, Aitor Esteban, insinuando abiertamente que la legislatura carece ya de rumbo, presupuestos y estabilidad real poseen mucha más importancia política de la que aparentan. No porque el PNV haya roto ya con Sánchez —ni parece probable que vaya a hacerlo de inmediato— sino precisamente porque el nacionalismo vasco jamás habla impulsivamente. El PNV no practica la indignación teatral: lo suyo es el cálculo. Y si el partido más pragmático de la política española empieza a preparar psicológicamente el terreno para un posible adelanto electoral, significa que algo está cambiando en el paisaje político español.

 

La situación judicial de Zapatero, la acumulación de casos que afectan al antiguo entourage presidencial y las investigaciones que rodean al entorno socialista podrían ser el principal acicate para bajarse del barco. Pero lo que realmente preocupa a los socios externos del Gobierno no es tanto que el PSOE se despeñe electoralmente por la corrupción, como la sensación creciente de agotamiento estructural que empieza a transmitir la legislatura, y que podría terminar arrastrándolos también a ellos.

 

Aitor Esteban verbalizó algo que muchos llevan tiempo pensando en privado: un Gobierno sin presupuestos, judicializado hasta extremos inéditos y sostenido por una mayoría cada vez más nerviosa entra rápidamente en una dinámica de desgaste difícilmente reversible.

 

Además, la política española no se sostiene únicamente desde La Moncloa o desde el Congreso. Se sostiene desde miles de alcaldías y gobiernos autonómicos donde el PSOE mantiene todavía una parte esencial de su poder territorial. Y es precisamente ahí donde empieza a crecer el miedo.

 

Los alcaldes socialistas saben perfectamente lo que ocurre cuando el partido llega a unas elecciones locales arrastrando durante años una atmósfera de agotamiento, corrupción y descomposición política. La marca nacional termina contaminándolo todo. Y cada nuevo auto judicial, cada comparecencia y cada revelación alimentan la percepción de que los problemas del Gobierno han dejado de ser episódicos para convertirse en sistémicos.

 

Mientras el socialismo gubernamental sigue interpretando cada avance judicial como lawfare y se enroca en la defensa cerrada de Zapatero, muchos dirigentes territoriales empiezan a percibir el desgaste electoral puro y duro. Y los socios parlamentarios observan exactamente el mismo fenómeno, aunque para ellos el problema no sea pertenecer al PSOE, sino el coste de seguir sosteniéndolo.

 

El PNV tiene además un problema específico: Bildu. Una imagen de excesiva complicidad con un Gobierno percibido como corrupto puede acabar reforzando a la izquierda abertzale en las próximas municipales y forales. Por eso el discurso de Esteban resulta tan significativo. No rompe con el PSOE, pero empieza a marcar distancias. Necesita conservar abiertos los puentes con Sánchez mientras prepara simultáneamente una posible salida ordenada si la situación sigue deteriorándose.

 

Y ahí reside la contradicción. El PNV sigue necesitando al PSOE para sostener el Gobierno vasco. Una ruptura traumática en Madrid podría poner en riesgo el equilibrio de Vitoria y abrir la puerta a Bildu. Pero tampoco les conviene aparecer ante su electorado como los últimos defensores de una legislatura cada vez más erosionada por los escándalos y la sensación de parálisis.

 

El problema para Sánchez es que estas dinámicas suelen ser contagiosas. Junts recalcula su relación con el Gobierno. ERC encarece cada día más su apoyo. Coalición Canaria está cada vez más enfrentada con Sánchez y con el PSOE canario por la gestión de la crisis del hantavirus y el trato dispensado a Clavijo. Incluso dentro de Sumar empieza a crecer el miedo a quedar atrapados electoralmente en una legislatura terminal.

 

El verdadero riesgo para Sánchez no consiste tanto en perder mañana una votación concreta como en que se extienda entre sus aliados la percepción de que permanecer dentro empieza a resultar más costoso que abandonar.

 

Porque las alianzas parlamentarias funcionan muchas veces como las crisis bancarias: se sostienen mientras todos creen que seguirán sosteniéndose. Y luego llega la estampida.

 

Algo parecido le ocurrió al PP de Rajoy en 2018, cuando sus socios concluyeron de pronto que había llegado el momento de cambiar de bando.

 

Por eso empieza a instalarse en la política española una sensación cada vez menos disimulada de final de ciclo. No porque exista todavía una mayoría alternativa clara, ni porque Sánchez esté dispuesto a rendirse, sino porque incluso quienes aún lo sostienen empiezan a preguntarse cuánto tiempo más resultará rentable seguir apuntalando este tinglado agónico.


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