Miércoles, 06 May 2026
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Francisco Pomares

 

La reacción política ante el brote de hantavirus detectado en un crucero con destino a las islas es, en buena medida, reflejo de un tiempo todavía marcado por el pánico que provocó la pandemia del covid. Las declaraciones del presidente canario, Fernando Clavijo, apuntan en esa dirección: prudencia, coordinación con el Gobierno central y con la idea de fondo de que el barco sea atendido donde se ha detectado el problema y continúe hacia su destino sin necesidad de recalar en Canarias. En la misma línea se ha expresado el vicepresidente, Manuel Domínguez, al subrayar que, si puede evitarse la escala, mejor, y que, en caso contrario, se hará todo “con todas las garantías habidas y por haber”. Faltaría más. Al final, el acuerdo entre las autoridades sanitarias españolas y la OMS es que el barco se dirija a Canarias, adónde llegara en tres días.

 

La conversación con la ministra de Sanidad, Mónica García, y el hecho de que todo se esté abordando en el marco de reuniones técnicas y coordinación internacional, transmiten una imagen de gestión ordenada. Es, en apariencia, el manual de actuación tras lo aprendido en los últimos años: anticiparse, evaluar riesgos, evitar improvisaciones. Nada que objetar a eso. Al contrario. Pero conviene insistir en que el verdadero riesgo no es hoy el sanitario -que está perfectamente acotado- como el psicológico y social: la tendencia a reaccionar de forma desproporcionada ante cualquier noticia que incluya las palabras “virus”, “barco” y “muertes”.

 

La información facilitada por la OMS permite entender con bastante claridad el alcance del problema. Dos casos identificados de hantavirus, tres fallecidos, un paciente en estado crítico y varios con síntomas leves. Un brote serio, sin duda, pero limitado. La propia OMS señala como hipótesis más plausible que el origen de la infección se encuentra fuera del barco, en el contacto de los primeros afectados con entornos de riesgo durante su paso por Sudamérica. La posible transmisión posterior dentro del buque -aún en investigación- sería, en todo caso, muy restringida, mínima.

 

Porque mínima es aquí la palabra clave: es la diferencia con lo que vivimos con el covid, un coronavirus diseñado –de manera fortuita en un mercado de Wuhan o de forma consciente en un laboratorio del ejército chino- para circular entre humanos. El covid se transmite con muchísima facilidad, sin necesidad de contactos intensos, y -en ocasiones- incluso sin síntomas visibles. Bastaba compartir un espacio mal ventilado o mantener una conversación breve, para contagiarse. Y esa fue la explicación de su expansión global.

 

El hantavirus no funciona así. Su vía principal de transmisión no es entre personas, sino desde animales -concretamente roedores- a humanos. Y requiere condiciones muy específicas para contagiarse. Eso marca una diferencia esencial respecto a los primeros momentos de la pandemia, cuando la incertidumbre era total y cada decisión se tomaba con información incompleta. Ahora conocemos al enemigo, no estamos a ciegas.

 

En este contexto, la discusión sobre si el barco debe o no hacer escala en Canarias debe interpretarse con serenidad. Es una decisión legítima desde el punto de vista logístico, incluso sanitario. Puede haber razones operativas para evitar la escala y atender el problema en origen o derivarlo directamente a Países Bajos, como ha planteado inútilmente Clavijo. Pero no debe venderse como una medida de contención frente a un supuesto riesgo de expansión descontrolada. Ese riesgo, simplemente, no existe. No en los términos en los que sufrimos el covid. En cuestiones de salud pública la prudencia incluye cuidar las palabras.

 

Y luego está la humanidad. Detrás de este episodio hay personas enfermas, algunas en estado grave, tripulaciones confinadas y familias pendientes de lo que ocurra. Convertir la situación en un motivo de rechazo o en una excusa para levantar barreras emocionales -o peor aún, políticas- sería no solo injusto con los afectados, sino profundamente mezquino.

 

La experiencia reciente nos enseñó la importancia de reaccionar con rapidez, pero también debería habernos enseñado a distinguir entre riesgos reales y percepciones amplificadas por el miedo. No todos los virus son iguales. No todos los brotes son el inicio de una desastrosa pandemia.

 

Lo que se impone aquí es una combinación de vigilancia, información y calma. Informarse bien, acudir a fuentes fiables –y siempre serán mejor los expertos que los políticos-, evitar el sensacionalismo y resistir la tentación de extrapolar lo vivido en 2020 a cualquier situación sanitaria posterior. Porque si algo sabemos ahora -y eso sí es una certeza, y una ventaja- es que el conocimiento es la mejor vacuna que existe contra el pánico.

 

Y en este caso, el conocimiento es claro: estamos ante un brote serio, pero limitado y perfectamente gestionable por nuestros sistemas de salud. Y, sobre todo, muy lejos de todo lo que un día no tan lejano puso al mundo en suspenso.


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