Martes, 12 May 2026
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Érica Cerdeña

 

El pasado mes de abril la Generalitat activó en Cataluña un proyecto piloto que incorpora Mossos d’Esquadra de paisano en una decena de institutos con el objetivo de disuadir en momentos de conflicto, intervenir ante agresiones y mediar en situaciones violentas. La medida abrió de inmediato un debate público: para unos, responde a una realidad que exige firmeza, y para otros, introduce en las aulas una lógica que quizá debería quedarse fuera.

Casi al mismo tiempo, en Canarias, la Consejería de Educación anunciaba una inversión de 2,2 millones de euros para incorporar 39 psicólogos que darán cobertura a unos 250 centros del Archipiélago el próximo curso. El propósito: reforzar el bienestar emocional y mejorar la convivencia educativa.

Y entre ambos enfoques, Arrecife ofrece desde hace un par de años un tercer ejemplo. La capital lanzaroteña, pionera en la provincia de Las Palmas, lleva varios años desarrollando la figura del Agente Tutor dentro de su Policía Local. Se trata de una unidad especializada que trabaja en coordinación con los centros educativos, las familias y la comunidad escolar desde una perspectiva preventiva y cercana. Su experiencia ha sido tomada ahora como referencia para extender el modelo a otros municipios del Archipiélago.

Tres respuestas distintas ante una preocupación compartida. Situaciones complejas que terminan entrando por la puerta del colegio o que se gestan en su interior. Nadie discute ya el diagnóstico. La cuestión parece estar en la receta.

¿Debe priorizarse la presencia policial cuando un problema se desborda? ¿Es más eficaz acompañar y mediar? ¿Resulta suficiente reforzar la atención psicológica cuando muchas conductas tienen raíces sociales, familiares o culturales más profundas? ¿Hay un método correcto o quizá la realidad nos exige intervenir desde una óptica más amplia?

Cuando la gente dice ‘La escuela ya no es lo que era…’, o ‘En mis tiempos…’., siempre pienso que, por suerte o por desgracia, ya no estamos ahí. Estamos aquí y ahora, y necesitamos soluciones realistas para realidades sumamente complejas.Parece razonable pensar que ningún conflicto nace de la nada, y que casi siempre hay señales previas, carencias que se arrastran, y ahora más que nunca, contextos que influyen.

Convendría preguntarnos qué aprenden los jóvenes del mundo adulto. Si normalizamos el insulto público, la humillación como espectáculo o la descalificación permanente, difícilmente podremos exigir después convivencia ejemplar en los pasillos de un instituto. La educación no solo sucede en casa o en clase. También ocurre fuera. Muchas veces, delante de unos focos de televisión o desde el atril de un mitin político. 

¿Y si no se trata solo de enfrentar un método u otro? Podríamos ir más allá, como individuos, y valorar nuestro grado de participación en este ambiente cargado. Pasivo o activo, tanto me da. Preguntarnos qué tipo de comportamientos ejecutamos, normalizamos y aplaudimos como adultos, incitando de forma inconsciente a que los más jóvenes nos sigan.

Quizá convenga asumir la verdad incómoda de que ninguna medida funcionará del todo mientras sigamos educando con el ejemplo contrario: en las redes, el trabajo, en política, y en la vida.


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