Jueves, 09 Abril 2026
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Por Guillermo Uruñuela

 

 

Siempre he tenido inquietud por la escritura. No sé por qué me genera tanto placer teclear caracteres en una pantalla pero cuando lo hago me siento, en cierta manera, puro.

 

Hay veces en las que me sobran argumentos para ponerme a ello. Otras, como en esta ocasión, no encuentro ni las palabras ni el tema. Para no faltar a la verdad, sí tengo encima de la mesa varios textos aún por escribir. Sin embargo, el miedo me paraliza. No sé si miedo es la palabra que quiero utilizar en este caso, seguramente, sea más acertado decir que no tengo capacidad para redactar lo que pienso sin generar un revuelo monumental. Quizá sea falta de talento, de formación, de posición. Quizá sea demasiado joven o más prudente de lo que debiera.

 

Hace unos días rescaté de un cajón, durante una jornada de limpieza hogareña, algo que uno sólo encuentra cuando no lo busca. La carpeta que apareció por arte de magia en mis manos contenía artículos de periódico amarillentos por el paso del tiempo. Todos ellos habían sido redactados hace más de una década y mantenían aún impregnado ese olor único a tinta y celulosa.

 

Los releí y pensé que el autor era extremadamente valiente, o imprudente según se mire, y algo impreciso en su redacción. Luego reflexioné y llegué a la conclusión de que un tipo así sería aún menor de edad; que tenía más ímpetu que conocimiento y eso puede llegar a ser un problema. No sé si los volvería a escribir si retrocediese 12 años en el tiempo; creo que no.

 

El caso es que esas lecturas me hicieron darme cuenta de una cosa. Para escribir sobre según qué temas hay que situarse en los extremos. O en la vigorosa juventud o en la lúcida vejez. El periodo intermedio te arranca la exaltación adolescente sin posicionarte aún en una situación de autoridad.

 

 

Hoy no les contaré lo que me ronda por la cabeza porque a la hora de meterse en el fango es importante calibrar varios aspectos. No deberíamos -aunque podamos- escribir sobre ciertas realidades cuando nos dé la gana ya que sería un gesto de irresponsabilidad comunicativa. Por eso hoy no articularé la carta que me gustaría. Y también por ese motivo esperaré al día de mañana, cuando sea el momento adecuado, sin dejar de tener presente, que ese día puede que ya fatigado, decline la opción de hacerlo y eche de menos esos años, en los que con cierta dosis de osadía, le echaba bemoles al asunto.

 


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