Las cuatro palabras

Francisco Pomares
La publicación de un sondeo muy favorable adelantado por El País sobre la reacción de los españoles ante la guerra y el posicionamiento de Sánchez frente a Trump, ha disparado una percepción que hasta hace apenas unas semanas parecía improbable: que las cosas podrían cambiar.
Un líder político tocado y casi hundido a lo largo de esta legislatura por los continuos escándalos de corrupción que afectan a su entorno familiar y al PSOE, se nos presenta ahora transformado en la nueva esperanza de la izquierda española. El viejo eslogan de la política española contemporánea ha vuelto a escena: con el “No a la guerra”, al margen de las interpretaciones interesadas –y a veces contradictorias– de las últimas informaciones sobre el envío de la fragata Cristóbal Colón hacia Chipre o sobre lo que ocurrió realmente en la reunión de la ministra Robles con el embajador estadounidense, lo cierto es que Sánchez podría estar modificando la percepción de su papel una parte de los ciudadanos.
Resulta difícil imaginar que, en un país sacudido durante meses por escándalos políticos y familiares que afectan a Sánchez como nunca antes a un presidente del Gobierno, pueda producirse una verdadera resurrección política capaz de reconstruir el espacio de la izquierda y permitir al presidente volver a articular acuerdos estables con los independentistas de derechas para gobernar. Pero sí podría ocurrir que si Vox continúa desgastando la base electoral del PP y el PSOE logra aglutinar el voto útil de una izquierda movilizada contra la guerra, el PSOE podría acabar siendo el partido más votado en unas elecciones generales, aunque eso no les permita gobernar frente a una derecha unida.
Esa hipótesis –ganar las elecciones aunque se pierda el Gobierno- es la dirección en la que hoy trabaja Sánchez. Y también la que intentar fabricar los alineados con esa estrategia: la televisión pública, los medios afines, el CIS, los ministros, el aparato del Gobierno y todos los recursos institucionales puestos al servicio de un mismo objetivo político: garantizar la continuidad de Sánchez al frente de un PSOE cada vez más radicalizado y dispuesto a descender a la brega política para dificultar una eventual alternancia. En ese escenario cabrían movilizaciones masivas, huelgas laborales, bloqueos institucionales desde el Tribunal Constitucional, todo ello en una permanente campaña de deslegitimación del pacto de las derechas, si estas alcanzan el poder.
Sánchez no es un estratega, pero domina la táctica con precisión maquiavélica. No es un hombre de grandes ideas o sólidas convicciones, pero su instinto político es el de un superviviente. El mismo lo ha tenido siempre claro. Por eso, las cuatro palabras mágicas que marcaron su primer gran momento de dramatización política, su primera revoltura contra la realidad de su mandato -“soy un hombre enamorado”- han mutado y se simplifican en otras cuatro aún más dramáticas: un “no a la guerra” que comparten, en realidad, la mayoría de los españoles y europeos. y que no requiere de manifestaciones y movilizaciones masivas en las calles contra el Gobierno que pretende meternos en la guerra, porque ésta vez es el propio Gobierno el que invoca no participar en ella. Es muy difícil hilvanar una protesta cuando nadie te lleva la contraria, y Sánchez es consciente del riesgo que implica hoy movilizar su lema.
Por eso acompaña su no a la guerra de un relato heroico: el de David -él mismo- contra Goliat -Trump-. Un combate desigual que se presenta como el mayor pulso jamás librado entre un líder español y el dueño del mundo. La cuestión es si esa desigual pelea es en realidad posible.
Porque apenas unas horas después de negar cualquier participación española en la guerra, Sánchez ha tenido que ceder al ruego -o la presión-de sus colegas europeos y embarcarse en la defensa de Chipre. Ahora, tras la brocha gorda de las cuatro palabras mágicas, toda su maquinaria nos explica que defenderse de una agresión no es lo mismo que ir a la guerra. Y niega la existencia de cooperación militar española con Estados Unidos sobre el terreno, pese a episodios tan difíciles de explicar como el del misil iraní que fue interceptado sobre Siria tras dirigirse hacia Turquía, o pese a la evidente incapacidad del Gobierno español para controlar realmente el uso que el Pentágono hace de las bases de Rota y Morón.
Lo único que cuenta es la capacidad de Sánchez para seguir haciendo su magia: sumar sin rubor los aplausos de los suyos cada vez que respira y tirar del respaldo obediente de la red de medios públicos y privados sostenidos por la munificencia presupuestaria de su Gobierno.
La pregunta es qué ocurrirá si en las próximas semanas las cosas empiezan de verdad a torcerse y ponerse feas. Si la guerra se prolonga durante meses y -algo improbable, pero no imposible- acaba por mundializarse. Si termina alcanzándonos de alguna forma: hundimiento económico, colapso energético o un viraje de Europa al viejo atlantismo, que obligue a España a alinearse. Sánchez ha cambiado de discurso tantas veces -gobernar con Podemos, Sáhara, indultos a los indepes, encarcelamiento de Puigdemont, amnistía, cupo catalán…- y lo ha hecho tantas veces, que quizá encuentre otras cuatro palabras para vendernos un nuevo cambio de rumbo.