Martes, 19 May 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

El único consuelo estratégico que le queda después de lo de Andalucía al PSOE es que el PP sigue necesitando a Vox y posiblemente también lo necesitará para gobernar España. Mientras esa dependencia exista, el sanchismo podrá seguir con el marco del miedo. Esa es la verdadera paradoja: el PSOE necesita electoralmente a Vox tanto como Vox necesita al PSOE. Ambos se alimentan de la polarización, del dramatismo y de la sensación de amenaza permanente. Lo que ha ocurrido en Andalucía no es que desaparezca esa lógica, sino que por segunda vez la parte más importante del electorado ha decidido ignorarla.

 

Durante muchos años, la izquierda española vivió instalada en la certeza de que cuando aumenta la participación, ganaba el PSOE. Era una ley tan natural como la de la gravedad. Si la gente acudía masivamente a votar, el PSOE podía respirar tranquilo, y eso era especialmente cierto en Andalucía, la gigantesca reserva emocional y electoral del socialismo español, inmune durante décadas a cualquier alternancia.

 

Pero ocurre que las sociedades cambian: el problema del PSOE andaluz es que una parte importante de los andaluces ya no tiene miedo. O, más exactamente, no cree el miedo que se le ha vendido en la campaña. Esa es la clave política de las últimas cuatro elecciones regionales: el PSOE decidió afrontar la campaña desde el mismo marco que usa hace años en política nacional: votar derecha es abrir las puertas del apocalipsis: desmantelamiento de la sanidad pública, retroceso de las libertades, ultaconservadurismo y fascismo… la llegada de los bárbaros.

 

El problema es que después de escuchar eso, los andaluces miran alrededor y lo que encuentran es a un señor tranquilo que lleva siete años gobernando Andalucía sin que el mundo se acabe. Moreno puede ser muchas cosas, pero cuesta bastante venderlo como un jinete del Apocalipsis creíble. Esa es la tragedia estratégica del sanchismo en Andalucía: le han adjudicado un rol equivocado al personaje equivocado. Porque toda la arquitectura construida desde Moncloa precisa de una derecha feroz, agresiva, amenazante y crispada para funcionar plenamente. Necesita a Vox como combustible emocional permanente para que el electorado progresista viva en estado de alarma. Y ocurre que Moreno ha construido su imagen desde una moderación cansina, el pragmatismo administrativo y la ausencia de estridencias. Es una suerte de anestesia política en estos tiempos histéricos.

 

Por eso que el PSOE se encuentra atrapado en una contradicción extraordinaria: lleva años alimentando a Vox mientras afirma que Vox representa un peligro existencial para la democracia y además se niega a facilitar un gobierno moderado del PP, que impida la entrada de Vox en las instituciones. Eso nos lleva a una conclusión contradictoria: o el peligro no es tan extremo como se proclama, o se insiste en ese peligro, sólo porque electoralmente le es útil al PSOE. En realidad, ocurren ambas cosas: el sanchismo necesita la polarización como el pez necesita del agua. Sin tensión moral permanente, sin bloques irreconciliables, sin amenaza continua, el discurso del PSOE desaparece. Y eso explica por qué Ferraz ha nacionalizado estas elecciones, colocando a la señora Montero al frente de la operación. Y aunque se haya equivocado algunas cuantas veces, lo cierto es que Montero no se ha salido del guion: no se trataba tanto de discutir hospitales concretos, listas de espera o gestión autonómica. Se trataba de escribir otro capítulo de la guerra nacional entre sanchismo y fascismo.

 

Pero ahí aparece otra dificultad para el PSOE: una parte de los andaluces de izquierdas tampoco creen que el PSOE sea la solución. El extraordinario crecimiento de Adelante Andalucía demuestra que hay muchos andaluces que distinguen entre frenar a la derecha y entregarse a la política disolvente de Sánchez. Cuanto más dramática se vuelve la campaña socialista, más moderado parece por contraste Moreno, pero también la izquierda a la izquierda del PSOE. Ha sido la sorpresa de estas elecciones: el PSOE ha querido convertir Andalucía en un frente decisivo de su batalla, y además de convertir al presidente andaluz en un refugio razonable frente a la bronca permanente de Madrid, ha alimentado una izquierda nacionalista, que se mueve en otras coordenadas.

 

Las campañas hiperbólicas tienen un problema: si anuncias el fin de la civilización cada vez que va a ganar la derecha y luego la civilización no se hunde, el elector acaba sospechando que le exageran las cosas. Y cuando un votante pierde el miedo, deja de obedecer al miedo. Ese es el cambio histórico que se ha producido en Andalucía. No que la derecha haya conquistado ideológicamente la comunidad. No es así. Pero una parte sustancial del electorado andaluz ya no percibe a la derecha como una amenaza existencial. Y otra parte que sí lo percibe, ha decidido cortar por lo sano con el viejo monopolio emocional del socialismo andaluz.

 

La polarización funciona si el miedo se mantiene. Y a veces, los excesos provocan –como le gustaba decir a Pablo Iglesias- “que el miedo cambie de bando”. Hay gente moderada que votaba al PSOE, y que empieza a temer más la agresividad, radicalización y autoritarismo del sanchismo, que a la derecha en el poder. Y ya de paso: lo que vale para Andalucía, vale para Canarias. Aquí se aprecia la moderación. Y ojo: si la izquierda nacionalista se pone de acuerdo, quizá también de una sorpresa en las islas.


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