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Ley de vida

Myriam Ybot

 

 

De repente, una ráfaga de recuerdos de aristas afiladas me atravesó y quedé hecha pedazos.

 

La visión de las montañas de lápices de colores, ceras de piel arenosa y oscurecida, rotuladores desmochados, gomas mordidas y afiladores con restos de mina y esquirla de madera me trasladó en un vuelo vertiginoso a la mañana en la que por primera vez, inesperadas como una tormenta de verano, sentí las agujas del tiempo clavadas hasta el tuétano.

 

Me encantan las tiendas de juguetes, especialmente si voy de la mano de algún pequeñarra que lance exclamaciones, se esconda entre los atestados anaqueles o me frene en seco ante alguna oferta llamativa, colorida, ruidosa o extragrande. A veces, hasta soy yo quien me quedo irremisiblemente clavada frente a la versión moderna y plástica de algún juego de mi niñez.

 

En aquella ocasión, buscaba una pizarra para rotuladores, donde mi hijo apuntaría tareas, fechas de exámenes, estrofas poéticas y crípticos mensajes de imposible traducción pese a los reconocidos superpoderes maternos para la adivinación.

 

Tras recorrer por mi cuenta el enorme comercio, pararme ante las nuevas Nancys, -qué esmirriadas las hacen ahora- y detenerme de nuevo ante un parchís con unicornios arcoiris, llegué a la zona de material escolar y de escritorio, donde una miríada de libretas, estuches, carteras, caballetes con sus lienzos, cajas de pinturas, cuentos y libros para recortar, colorear, pegar o desplegar, casi ocultaba un rincón con las ansiadas pizarras… todas ellas pequeñas, con marcos infantiles y colores pastel. -Es que son para niños, -zanjó la dependienta de un plumazo.

 

De golpe se me vino encima la realidad en la que no había caído hasta el momento… Mi hijo cumplía… ¿13, 14?

 

Lancé una mirada general hacia el despliegue de objetos que en una vida anterior le habrían entusiasmado al descubrir alguno de ellos en un zapato el día de Reyes o bajo una capa de papel de regalo. Nada encontraría ya en aquel reducto de fantasía que le redondeara los ojos o le llevara a tirar de mi mano con insistencia para hacerme comprender la felicidad absoluta que le produciría jugar con esto o con aquello. Apenas tuve tiempo de sacar las gafas de sol antes de que las lágrimas corrieran por mi rostro en caudalosa cascada.

 

Con su hermana no sufrí la añoranza de infancia, el duelo dramático y atragantado en llanto, porque me quedaba el pequeño. Porque aquel adiós no era el cierre de uno de sus capítulos sino el final de uno de los míos.

 

 

Hoy, cuando he contemplado las pirámides de colores y rotulas y los estuches de cremallera desdentada en proceso de reciclado, he retomado mi despedida al niño, la que inicié en aquella juguetería hace cinco años. Y he vislumbrado con aflicción anticipada la imagen del nido vacío.

 

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