Lo que arrastra Zapatero

Francisco Pomares
Los derrumbes suelen comenzar con un pequeño crujido, una carta que se desliza en un castillo de naipes, una ficha de dominó que cae y empuja una tras otra a todas las demás. A veces, el anuncio del desastre que viene es una grieta minúscula, un detalle aparentemente menor que, de pronto, obliga a mirar de otra manera toda la estructura. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con la imputación de Zapatero y las revelaciones que van aflorando sobre su vida y milagros, sus hijas, sus viajes, sus negocios, sus amigos, su secretaria, su entorno político, empresarial y personal. Porque lo que se avecina ya no es únicamente judicial, ni siquiera estrictamente político. Lo verdaderamente dramático para el PSOE es lo que Zapatero puede arrastrar consigo.
“Si cae Zapatero, cae todo; después de Sánchez no hay nada”. La frase, atribuida ayer en ‘El Mundo’ al inquilino de Soto del Real, José Luis Ábalos, tiene en parte algo de aviso vengativo y en parte es un epitafio anticipado. Probablemente nadie conoce mejor que los viejos compinches del Peugeot cómo funciona realmente la arquitectura de poder levantada por Sánchez y alrededor suyo desde que se hizo por segunda vez con el control del PSOE, decidido a no soltar nunca las bridas de la mayor máquina política construida en la democracia española.
Lo que caerá cuando Zapatero caiga –y a estas alturas es difícil pensar que eso no va a suceder- es que todo se deshará. Y será devastador. Ya no hablamos únicamente de gentuza como Koldo y Aldama, de comisiones, mascarillas o adjudicaciones sospechosas. Ahora aparecen los nombres del círculo íntimo, los hombres de confianza, las amistades históricas, los intermediarios internacionales y las conexiones venezolanas que durante años fueron negadas, atribuidas a simples exageraciones de la derecha mediática. Ahora, un auto judicial habla del “hombre de Zapatero en Venezuela”. Y ese hombre resulta ser Manuel Aarón Fajardo, hijo de un histórico socialista conejero, el senador Manuel Fajardo Palarea. En Lanzarote todo el mundo sabe quién es Fajardo Palarea. Y sabe la estrecha relación política, personal y afectiva que une a Zapatero, el primer ocupante feliz de La Mareta, con la isla de Lanzarote y su paisaje humano.
El padre ha salido en defensa de su hijo, faltaría más. Para muchos el escándalo deja de percibirse como algo remoto o abstracto. Ya no son empresarios desconocidos operando en la sombra con la caja registradora a reventar. El problema ha entrado en una casa, se sienta en la mesa familiar del socialismo canario, obliga a dar explicaciones, introduce la desconfianza, dispara los rumores y multiplica el daño, mientras la sensación de descomposición se extiende…
Aldama volvió a declarar ayer en la Audiencia Nacional: le ha quitado enjundia a las posibles mordidas de Armengol en el ‘caso mascarillas’. Pero no ha hecho lo mismo con Torres. Con Torres insiste, aunque la UCO no señale implicaciones penales directas en la actuación del expresidente canario. La sombra tóxica de la sospecha sigue suspendida sobre el socialismo canario, como una nube que no se disipa del todo. Ese es el drama que enfrenta hoy el sanchismo: cada declaración, cada informe policial, cada nuevo auto… ya no cierra heridas. Se suma a las que existen, abre las que se habían cerrado. Cada comparecencia modifica la versión anterior. Cada intento de defensa obliga a reconstruir el relato del día previo. Y mientras tanto, los socios parlamentarios comienzan discretamente a replegarse, conscientes de que el desgaste no afecta solo a nombres concretos, sino al conjunto del proyecto político.
Es un drama: durante años, el PSOE consiguió sostener la idea de que representaba la superioridad ética frente a la derecha española. Ese fue el cemento moral con el que se armó el viaje al poder del sanchismo. La corrupción podía existir en otros lugares, pero no en la izquierda. Ellos eran distintos: limpios, decentes, honrados. Precisamente por eso resulta tan brutalmente devastador que la golfada y la indecencia cerque al núcleo sentimental y simbólico del poder socialista. Zapatero no es un dirigente cualquiera. Zapatero es el origen ideológico del sanchismo y su referente principal. Antes de la reconquista del PSOE, antes del golpe de muerte a la corrupción en la censura a Rajoy, antes de que Sánchez se envolviera en la bandera de España, estaba Zapatero. Y volvió a aparecer cuando el PSOE dejó de aspirar a la mayoría social para asentarse en su proyecto de polarización. Zapatero también acompañó a Sánchez ahí, fue su puente con el Grupo de Puebla, el hombre de las negociaciones discretas con Puigdemont, su padrino, el consejero incansable, el mentor y también el compañero fiel en la derrota.
Por eso: “Si cae Zapatero, cae todo”. Su caída arrastra lo que en el PSOE es, todo lo que el PSOE pretende. Arrastra una época, una manera de ejercer el poder que anuló al partido para encumbrar el liderazgo omnímodo de Sánchez. Arrastra la red de influencias, silencios y lealtades personales, forjada durante años alrededor del poder. Y sin duda arrastrará también las últimas ficciones morales que aún sostienen todo el edificio.