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Lo que viene en Arona

Francisco Pomares

 

José Julián Mena, alcalde socialista de Arona, ahora expulsado del partido, sabe que no cuenta, para seguir, con el apoyo de la mitad de sus antiguos colegas (7 de 14), ni de los concejales del PP o Coalición. Ya se reunió con ellos para tantear las posibilidades de un apoyo a su continuidad como alcalde, tras su declaración de tránsfuga por parte de la dirección del partido.

 

Es bastante chocante y muy poco corriente que un alcalde que ganó las elecciones con una aplastante mayoría absoluta, sea expulsado por no querer renunciar a su acta de concejal. No se donde esta escrito que los partidos tengan derecho a exigirle a un cargo público que renuncie a su acta o a continuar desempeñando el cargo para el que fue elegido por una mayoría de concejales. Por eso estoy convencido de que la decisión de la comisión de conflictos no se sostiene jurídica ni políticamente. Es una mala solución, una torpeza que pierde aceite por todos lados, además al aplicarse también a otro concejal expulsado, Luis García.

 

El PSOE ha optado por la solución salomónica de descabezar a los dos bandos en liza en Arona –Capuletos y Montescos– antes que tomar partido por quien denunció la golfería en los predios de Arona o bien por la inocencia ultrajada de su Alcalde. Es cierto que no es competencia del PSOE determinar presuntos delitos de sus cargos públicos, competencia reservada constitucionalmente a la Justicia. Pero hay comportamientos que –sin ser necesariamente delictivos– debieran ser suficientes para descalificar a un cargo público y pedirle su renuncia. Las extrañas reuniones con empresarios que dicen haber sido presionados por la hermana de Mena, acompañada de un abogado que actúa como representante del alcalde, parecen indicio suficiente de que algo se estaba realizando en Arona de forma muy poco edificante. Las denuncias del otro expulsado, Luis García, añaden mordiente al asunto.

 

El PSOE podría haber condenado los comportamientos de Mena, por sospechosos, o haber condenado la denuncia de Luis García contra su compañero de partido, pero prefirió lavarse las manos como Pilatos y actuar orgánicamente, castigando con la expulsión no la corrupción –o su falsa denuncia– sino la desobediencia de Mena y el otro a un partido que pedía a dos ediles electos nada menos que renunciar a sus actas y privilegios.

 

El PSOE actúa minimizando el riesgo de equivocarse, pero la decisión real está ya adoptada, y es irreversible. Mena será sustituido –probablemente antes de acabar este año– por su teniente de alcalde y concejal de Hacienda, Dácil María León Reverón. Doña Dácil sumará los votos de al menos siete de los catorce concejales del PSOE (quizás acaben por ser diez) más los de Coalición y el PP. Los socialistas volverán a tener la alcaldía de Arona, y quienes se queden del lado de Mena se verán expuestos al frío y las inclemencias. En la insular del PSOE soltarán alguna lagrimita compungida, pero lágrimas aparte, aquí los antiguos defensores de Mena en la insular van a aplicar el principio de “el muerto al hoyo, el vivo al bollo”.

 

Arona habrá perdido otro alcalde más, alguien que vino a traer un aire fresco de limpieza y nuevas formas de gobernar, salpicado por la sospecha de trapisondas, apaños urbanísticos y algunas golferías de leguleyo, mientras en el PSOE ponen una muy linda cara de póker. Otro desastre para una ciudad de los sures tinerfeños que debería ser desde hace años el centro de la economía isleña. Y sobre todo un desastre irreparable para Mena, la joven promesa del socialismo tinerfeño, arruinada por la soberbia y los malos consejos.

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