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Los colaboradores necesarios

Gloria Artiles

 

No sé por qué identificamos a las buenas personas con aquellos que mantienen la calma y esbozan una cínica sonrisa ante las cosas mal hechas, o los que permanecen en un miserable silencio cuando justo a su lado alguien está sufriendo las consecuencias de una manifiesta injusticia. Llamamos buenos a quienes huyen del conflicto, cuando en realidad no lo hacen para sembrar paz o sentido común, sino para que no les salpique a ellos.

 

Tras esa falsa y aparente bondad malentendida, se esconden seres humanos que nunca se posicionan, ni se mojan. No hablo de aquellas personas prudentes y ecuánimes, lentas a la ira, que tratan de mediar allí donde ven desencuentros con un fin loable. No, hablo de los que miran para otro lado, con el escondido motivo de no perder su cómoda posición. Mirando por sus propios intereses, se las arreglan para pasar desapercibidos en los momentos difíciles y suelen estar al lado del poder en cualesquiera de sus formas.

 

El problema del resto es que tenemos una visión muy superficial de lo que sucede a nuestro alrededor. Nos engañan las apariencias y las máscaras sociales revestidas de buenas formas. Confundimos que no intervenir en ayuda de otra persona que está sufriendo un daño o un abuso de poder es sinónimo de respeto a los asuntos ajenos, o que hablar sin alterarse y sin posicionarse es característica de las buenas personas. Cuando en realidad es nuestra mirada miope la que nos impide ver que generalmente eso es propio de cobardes muertos de miedo, no vaya a ser que los próximos sean ellos, o bien de quienes ni sienten ni padecen ante las injusticias del otro.

 

No empatizan, ni ganas que tienen. Les importa un carajo lo que le pase al resto. Ya lo dijo Gandhi: “Más que los actos de los malos, lo que me aterroriza es la indiferencia de los buenos”. Pero como nos empeñamos en no hacer caso a los grandes referentes de la humanidad, sino en emular a los mediocres que proliferan en una cultura totalmente banal, no somos capaces de darnos cuenta de que la indiferencia es una de las formas más graves de inmoralidad, un cáncer que se ha extendido endureciendo los corazones de una sociedad hipócrita y falsa, que se da golpes de pecho por las injusticias del otro lado del mundo, pero que no se conmueve por lo que le pasa a la persona que tiene justo al lado.

 

 

Estos “aparentemente buenos” son los colaboradores necesarios para que este sistema en el que vivimos, cada vez más injusto y desigual, se perpetúe. Son los responsables de seguir construyendo una sociedad enferma que legitima la injusticia y normaliza la mentira, una sociedad que sufre de una grave patología colectiva y vive como normal la ausencia de generosidad, empatía y altruismo. Las personas buenas de verdad suelen ser personas muy incómodas para el sistema, y lo último que hacen es mirar para otro lado, porque lo que quieren es cambiar el mundo y para eso hay que remover enérgicamente los cimientos de los convencionalismos.

 

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