Jueves, 29 Enero 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Andrés Martinón

 

El otro día leía en las redes sociales una foto  en la que se veía a tres niños de unos 10 años, aparentemente sudamericanos, en una especie de cercado o zona de cultivos, en la que, evidentemente jugando, habían creado una cruz a semejanza de la de Jesucristo y crucificaban a un cuarto elemento de su pandilla. La imagen llevaba un título que decía: “¿Será mejor darles el celular?”.

Me hizo reír pero sobre todo me hizo volver a pensar en mi teoría contra el aburrimiento. Ya escribí un artículo que llevaba por nombre “El verano en que me convertí en un delincuente”, en el que disertaba sobre cómo en verano, los días en Puerto del Carmen, eran largos y el aburrimiento hacía que llegaras hasta robar.

Pero me quedé corto. Y es que veía una noticia en La Sexta en la que, en la sección de sucesos, se informaba de que se buscaba a un menor en la Línea de la Concepción, junto a Gibraltar, por disparar desde un edificio de la avenida marítima con una escopeta de balines. Al niño en cuestión lo trababan como a un miembro de la mafia que estaba en busca y captura. Y lo mejor (o no sé si decir, lo peor) es que eso lo hice yo también.

Los viernes por la noche, cuando tenía sobre los 11 años, siempre subía a la casa de un amigo en el edificio donde vivía en Las Palmas de Gran Canaria. Sus padres salían a cenar siempre con amigos y la casa quedaba a nuestra entera disposición. El planteamiento era el siguiente: ir matando el aburrimiento según iban transcurriendo las horas. Empezábamos poniendo discos. Yo no tenía tocadiscos en mi casa, por lo que ya era una novedad. Después llegaban partidas de videojuego en el Spectrum 48K. Ibas a la cocina, a ver qué se podía comer.

Pero las horas pasan y buscas nuevos retos. Así que lo siguiente era empezar a fumar unos cigarrillos que el padre tenía perfectamente colocados en una caja de madera color caoba. Mis primeras caladas las di a esa tierna edad. Acabaría fumando muchos años después y dejándolo otros tantos después.

Los pitillos ya no eran tanta novedad en las siguientes visitas. Así que descubrimos que el padre tenía una escopeta de balines y se nos ocurrió la brillante idea de apagar las luces y emular a un francotirador bosnio (esta comparación es incorrecta pues todavía no había ocurrido la Guerra de los Balcanes). Disparábamos desde una sexta planta en plena Avenida Marítima de Las Palmas, cerca de la Fuente Luminosa. Es decir, tirábamos a unos 30 ó 40 metros de distancia. He de reconocer con escasa puntería y sin acierto alguno pero el delito ya estaba hecho (espero que haya prescrito).

Nunca llegó a los informativos. Nadie nos vio. Nadie nos buscó.


PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
×