Los míos vocalizan

Mar Arias Couce
Si tienen hijos adolescentes o recién entrados en los veinte, ¿no les ocurre que insisten en ponerles vídeos de Tik Tok presuntamente graciosos que no tienen gracia ninguna? O al menos lo que el resto de las generaciones anteriores consideraríamos gracioso. No les pido que sea un monólogo de Ernesto Sevilla, Luis Piedrahita o Dani Rovira, me puedo reír con mucho menos, pero al menos que no se me quede la cara de pasmada esperando que continúe la cosa cuando claramente ya acabado. “Mamá es que no entiendes nada”, me sueltan. Y no, no entiendo qué gracia le ven a algo que no la tiene. Pero ellos se parten. Es el mismo misterio que me producen gran parte de las canciones que escucha el más pequeño de los dos. Es que no las entiendo. Las erres se convierten en eles y nadie vocaliza porque al final con que la cosa quede en un perreo considerable, les vale. Supongo que así se sentirían mis padres cuando quitaba a Julio Iglesias para poner a Radio Futura, a Héroes del Silencio, a Extremoduro o a Loquillo. Pero… joder, a ellos se les entendía. Puede que ahora sus canciones tengan connotaciones machistas y hasta agresivas que en la época se nos pasaban por alto, pero vocalizaban. Y lo cierto, es que las actuales tampoco son un dechado de virtudes, el papel de las mujeres suele quedar bastante simplificado cuando los que cantan son hombres. Y muchas veces también cuando las que cantan son ellas.
Tal vez por eso, cuando los escucho tatarear algún tema de Vetusta Morla, Supersubmarina, Viva Suecia o Arde Bogotá, que cantan porque están aburridos de escucharlos cuando yo estoy en la cocina o en el baño, me da cierta esperanza. Igual son etapas. Yo escuchaba a Modestia Aparte y mi padre aseguraba que eso no era música, ni era nada. Y eso que ellos también vocalizaban perfectamente.
En realidad, lo peor no es no entender los chistes. Lo peor es descubrir que ya no eres el público objetivo. Que el algoritmo, esa criatura que parece conocerte mejor que algunos familiares, ha decidido que tu lugar está entre documentales sobre los Beatles, entrevistas a escritores muertos hace cuarenta años y series de detectives nórdicos que pasan ocho capítulos mirando al mar bajo una lluvia constante. Mientras mis hijos se parten de risa con un vídeo de doce segundos en el que un aguacate canta reguetón o un perro insulta a una tostadora, yo llevo una hora viendo cómo un experto analiza la influencia de Antonio Vega en la música contemporánea nacional o cómo un oso y sus crías se enfrentan al duro ecosistema americano. Ellos creen que la loca soy yo, y yo les sigo diciendo, vale… pero los míos vocalizan.