Los muertos correctos

Francisco Pomares
Algunos muertos conmueven inmediatamente –y con razón- a la opinión pública occidental. Otros apenas se mantienen unas horas en los titulares. Hay ciudades bombardeadas que desatan oleadas de indignación mundial y otras cuya destrucción se convierte en ruido de fondo, en una costumbre asumida, que ya apenas altera las conciencias.
La masacre del bombardeo sobre Kiev y otras ciudades ucranianas de este pasado fin de semana vuelve a demostrarlo. Moscú lanzó una ofensiva masiva con centenares de drones, misiles de crucero y misiles balísticos, incluido el hipersónico Oreshnik, un sistema muy difícil de interceptar y diseñado para portar carga nuclear. El ataque alcanzó viviendas, infraestructuras civiles y escuelas, provocando decenas de víctimas y más de un centenar de heridos. Más allá del horror concreto de esta nueva matanza, resulta inaceptable la normalización progresiva de una estrategia rusa que desde hace años ya no busca únicamente derrotar militarmente a Ucrania, sino quebrar psicológicamente a su población y desgastar la apuesta y la voluntad política de Europa. Los bombardeos masivos contra ciudades, la destrucción sistemática de infraestructuras energéticas en invierno, los ataques reiterados contra edificios residenciales o la utilización de armas de enorme capacidad destructiva forman parte de una política deliberada de terror sobre la población civil.
No se trata de errores aislados ni de ‘daños colaterales’ cuando se ataca objetivos militares. Las múltiples matanzas documentadas desde 2022 forman ya una secuencia demasiado evidente como para fingir sorpresa. Sin embargo, una parte muy relevante de la izquierda europea reacciona ante la destrucción de Ucrania con una mezcla de relativismo moral, indiferencia estratégica y oportunismo ideológico, que a estas alturas de destrucción y sacrificio de un país, resulta indignante. Son los mismos agentes políticos y mediáticos, los mismos discursos y los mismos teclados que convierten los bombardeos de Israel en símbolos universales del horror, mientras relativizan otros, porque el agresor no encaja en su relato político. Resulta difícil no advertir esa doble vara de medir: los hay que condenan la brutalidad inhumana de cada ataque sobre Gaza o el Líbano, pero apenas encuentran palabras para denunciar las masacres sistemáticas de Rusia sobre población civil ucraniana. Llevan años justificando o minimizando la invasión rusa bajo la vieja lógica antioccidental heredada de la Guerra Fría: si EEUU apoyó a Ucrania, entonces Putin representa automáticamente la resistencia frente al imperialismo occidental. Se trata de una perversión moral notable: Rusia no libra en Ucrania ninguna guerra anticolonial o emancipadora. Está utilizando métodos de destrucción masiva sobre ciudades europeas, bombardeando objetivos civiles y recurriendo al terror estratégico exactamente igual que hicieron en su día otros regímenes imperialistas a los que esa izquierda dice combatir.
Además, los misiles hipersónicos utilizados por Rusia ya no constituyen sólo una amenaza para Ucrania. Son una amenaza potencial para toda Europa. El Oreshnik empleado en los últimos ataques posee capacidad nuclear, velocidades superiores a Mach 10 y sistemas de múltiples ojivas extremadamente difíciles de interceptar. La intención de Moscú resulta obvia: no sólo pretende destruir Ucrania, también demostrar su capacidad para golpear infraestructuras estratégicas europeas y alterar la seguridad continental.
Y ahí aparece la vieja paradoja europea: mientras Rusia escala militarmente y acostumbra a sus ciudadanos a una economía de guerra prolongada, Europa –con las contadas excepciones de Alemania, los países bálticos y Polonia- sigue instalada en una mezcla de pacifismo retórico, negación psicológica y comodidad estratégica delegada todavía en EEUU.
Pero las guerras no desaparecen porque se decida ignorar que existen. Y los misiles balísticos tampoco distinguen entre quienes prefieren mirar hacia otro lado y quiénes no. Europa entera, sus administraciones, sus infraestructuras, sus ciudadanos y sus empresas, se ha convertido ya en un objetivo de las guerras hibridas de Rusia. Rusia es hoy el principal enemigo de la Unión, y su forma de actuar sobre la población civil es brutal y salvaje. Por eso resulta estúpida la frivolidad con la que algunos sectores políticos europeos seleccionan sus indignaciones. Los muertos civiles deberían indignar siempre, independientemente de quién tire las bombas. Pero la náusea ante este horror se jerarquiza ideológicamente: Europa sigue discutiendo qué muertos merecen manifestaciones, qué invasiones deben relativizarse y qué masacres conviene minimizar. Ocurre mientras Rusia perfecciona sobre territorio ucraniano una política de destrucción total que no sólo amenaza la supervivencia de Ucrania, sino también la seguridad del continente entero.