Sábado, 02 May 2026
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Gloria Artiles

 

 

Es saludable no conformarse con las explicaciones superficiales que nos cuenta el sistema. Y profundizando en las causas que no se ven, he terminado comprendiendo que lo que les ocurre a los políticos es que no creen en sí mismos. Y al no creer, actúan limitados por lo que siempre han visto y por lo que les han dicho otros, a quienes les sí les han otorgado autoridad, sobre cómo se actúa en política. Heredan sin reflexionar lo que les ha traído la historia; viven pendientes del pensamiento único que extienden los medios de comunicación contribuyendo al estado de anestesia general en el que vivimos; se identifican con sus moldes ideológicos de interpretación del mundo y se adhieren a lo que consideran verdades incuestionables sin ningún tipo de análisis genuino. En realidad, eso que les ocurre a los políticos es lo que les pasa a la mayoría de los seres humanos: que no se aman, ni se aceptan, ni creen en su propio valor intrínseco y por eso no se escuchan. Porque si lo hicieran se darían cuenta de que todos nosotros somos creadores de infinitas posibilidades. Aunque eso nadie lo haya hecho antes. Por eso se limitan a repetir modelos y no a crearlos.

 

Es una pena porque debido a ese desconocimiento se conforman con el mundo tal cual está y, como mucho, conciben el tránsito por su vida pública tratando de encajar en los patrones que el sistema dice que son políticamente correctos. Quizás creen en la posibilidad de llevar a cabo, si acaso, algunas mejoras, pero no creen que puedan contribuir a una auténtica, audaz y suprema transformación de la sociedad en la que viven. Yo sé que dentro de sí mismos ellos tienen toda la sabiduría que creen no tener. Y que en estos momentos más que nunca el mundo está pidiendo a gritos políticos libres. Políticos libres de egocentrismo; libres de su escepticismo y de sus creencias limitantes que les llevan, una y otra vez, en un círculo sin fin, a enfocar los mismos problemas, con los mismos planteamientos y con las mismas soluciones que no solucionan nada; libres de sus propios apegos ideológicos que los atan a un único y sesgado prisma de visión; libres del engaño que produce la falsa certeza de que el poder, el estatus social y el dinero les proporcionan la felicidad que tanto anhelan, pero que nunca encuentran (ni encontrarán jamás) en esa carrera irreflexiva y automática hacia ninguna parte.

 

 

En definitiva, necesitamos políticos libres de sus miedos. Y que solo estén encadenados a la máxima de buscar el mayor bien posible para el mayor número posible de personas. Políticos que sepan que solo encontrarán el sentido de lo público en la insuperable satisfacción de trabajar por un mundo mejor. Que sean capaces de plantar cara a un sistema caduco que desde hace mucho se está hundiendo lenta e inexorablemente, a pesar de que vivamos dormidos y no queramos verlo.

 

 


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