Martes, 28 Abril 2026
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Gloria Artiles

 

Son tiempos extraños. Pero observo a Hada (nuestra mascota) y está encantada de la vida. No solo no se está enterado de nada, sino que creo que está más contenta que nunca porque siempre estamos en casa y nunca se queda sola. Ser perro ahora, no crean, tiene sus ventajas. No me refiero a que el maldito Covid-19 no le afecta y a que es de las pocas privilegiadas que puede salir a la calle, sino que los animales no albergan en su cerebro toda la corteza prefrontal con la que la evolución, en ese impulso hacia un ‘telos` más profundo, amoroso e inteligente, nos ha dotado a los seres humanos.

 

Toda esa parte delantera de nuestro cerebro humano nos permite tener autoconciencia, ponernos en el lugar de los demás, elaborar pensamientos abstractos, racionalizar, recordar el pasado y prever o planificar el futuro. Por eso necesitamos saber que no solo es hoy y ahora cuando tenemos alimento, salud, vestimenta y un techo bajo el que cobijarnos, sino que hemos de tener la seguridad de que todas esas necesidades primarias, que garantizan nuestra existencia biológica, las tendremos cubiertas el mes que viene, el próximo año, o… hasta que nos muramos. Es el miedo subyacente a que no podamos garantizar las condiciones para evitar perder la vida, algo, por otro lado, que será inevitable, con coronavirus o sin coronavirus. La gran paradoja humana.

 

Mientras nuestras mascotas no tienen ni idea de que hay un mañana, los seres humanos no tenemos ni idea de que lo único que existe es el eterno presente. Nuestra mente humana ha construido el tiempo, el futuro y el pasado, y por eso se afana en protegernos. Pero esa capacidad de anticipación y racionalización, que es un regalo de la vida, se puede convertir en estos momentos en nuestro principal enemigo. Nos alerta con tensas escenas imaginarias de un mañana terrible ante la posible pérdida del trabajo o de la salud. La cabeza habla y habla, exhausta a veces, buscando soluciones que no llegan, porque todo el sistema de “seguridad” del programa mental colectivo ha explotado en nuestras narices, y ha revelado la inconsistencia de nuestro intento vano por controlar algo. Todo el sistema que creíamos invulnerable, ha saltado por los aires, dejándonos en una extraña sensación de irrealidad, ante la magnitud de la incertidumbre que se nos avecina, inédita y sin precedentes.

 

 

Lo más complicado para un ser humano es silenciar la mente. En el silencio se encuentran las respuestas. Necesitamos seguridad y nadie nos la da. Así que el inusitado bofetón que nos hemos llevado puede ser una oportunidad para indagar dentro, en vez de seguir aferrándonos al deseo de que vuelva lo conocido. Nuestra mente necesita acallarse. Debemos pedírselo, si de verdad nos quiere ayudar.

 


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