Martes, 19 May 2026
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Mar Arias Couce

 

—Y a estos chicos tan guapos que se han venido con nosotros, ¿también hay que darles de comer? Seguro que sus padres están preocupados.

—Mamá, estos chicos tan guapos son tus nietos, y sus padres somos nosotros. ¿No te acuerdas?

—Pues claro que me acuerdo, ni que fuera boba… es que están tan grandes… eran tan pequeñitos el otro día.

Miro a mi madre como hasta hace, efectivamente poco tiempo, miraba a mis hijos y como supongo que ella en su día me miraba a mí. Su memoria le juega malas pasadas y ella se enfada consigo misma. “Pero qué me pasa”, se pregunta cuando hablamos por teléfono a diario. Pero no tengo respuesta a esa pregunta. Supongo que tampoco la precisa, es más bien una queja. Y tiene razón, una mujer que te podía llevar a cualquier museo del mundo y contarte el origen de cada esquina del mismo; que te hacía recorrer los pueblos y ciudades, fijándote en cada iglesia, y cada edificio, en cada pintura; que se sabía libros enteros de memoria y países del mundo, cuyas capitales a mí se me resistían… esa mujer que yo creía que lo sabía todo, ahora se olvida de que sus nietos ya han dejado de ser esos niños pequeños que ella adora en las fotos, tamaño poster, de su salón.

Supongo que el tiempo es así. Toda la vida trabajando y esforzándote, y cuando llega el momento de descansar, de disfrutar del merecido reposo, pasan estas cosas. Viene la memoria y se queda enganchada en algún lugar en el tiempo en que todo era más feliz.

—Aquí estudiábamos tu padre y yo- me decía esta Semana Santa cuando caminábamos por las calles de Santiago de Compostela-Pero no estábamos así, eh, ni viejos, ni feos, éramos jóvenes y guapos.

Y yo sonreía por la innecesaria aclaración porque he visto mil fotos de esa época en la que mi madre contradecía las normas de su propio padre, militar y serio (decían ella y mis tías, pero nada que ver con sus nietos), poniéndose minifaldas vertiginosas y gafas sesenteras a la moda. Mi padre la miraba entonces como la mira ahora, con una sonrisa orgullosa y llena de cariño. Ahora es él, el que está siempre a su lado. Mañana, tarde y noche, recordándole dónde estamos todos, y qué estudian sus nietos para que cada noche, cuando habla con ellos, no vuelva a preguntárselo, aunque ella lo haga igualmente.

—La abuela no se acuerda de nada.

—Pues tú se lo recuerdas.

—Pues claro, mamá. ¿Cuándo no lo hacemos?

Es cierto. Lo hacen siempre.

Ya estoy contando los días para vengan a la que ya es un poco su isla, por serlo mía. Para que disfrute del mar, la única cosa que quiere tanto como a sus nietos.


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