Más importante que el tamaño del pene es el del pupitre

Usoa Ibarra
Tengo unos recuerdos muy nítidos de mi paso por la escuela de infantil. Mis recuerdos además son muy sensoriales, que es lo que se supone que en estas edades uno tiene que potenciar: el olor a manzana del perfume de mi tutora Mikaela, el multicolor de las paredes, la textura del ladrillo rojo del patio o el olor al flúor que nos daban después de desayunar.
Parte de lo que soy empezó en ese espacio, que curiosamente un niño vive como tan privado e íntimo, pero que resulta ser tan público y democrático. Cierro los ojos y recuerdo la primera vez que hubo una inspección masiva contra los piojos, el día que a mi tutora un niño le tiró una silla a la cabeza y le hizo una brecha, el día que me castigaron contra la pared por morder a un compañero que estrujó uno de mis dibujos, la mañana que hicimos un simulacro por aviso de bomba, o cuando uno de los niños más queridos de la clase dejó de venir, porque su familia emigró acechada por el paro y la insolvencia.
Esa escuela, que es del tamaño de una rotonda de Playa Blanca, fue un mundo gigante en experiencias para mí que afortunadamente conservo entre la felicidad y la nostalgia. De hecho, me acuerdo de más nombres de compañeros de esa etapa que del instituto o de la universidad.
Con los años he regresado a ese ambiente con la mirada más próxima a la adultez, que a esa magia de los recuerdos inocentes, y me he puesto muy triste. Soy consciente de que la nostalgia conlleva cierto romanticismo, pero es curioso que de la escuela no exista apenas literatura amorosa cuando es una espacio que impregna notablemente nuestro ser, nuestra identidad y ayuda a construir nuestra personalidad futura.
Mi tristeza está vinculada a una falta tan grande de recursos públicos que prefiero hablar de ella en términos de pesadumbre que de rabia. ¿Cómo es posible que mis sobrinos estén estudiando en infraestructuras que ya conocieron mis padres sin más inversión que el obligado mantenimiento, el techado de los patios y la incorporación de mobiliario básico?
En esta etapa de confinamiento (alocado y arbitrario) se ha conseguido que muchos niños pidan volver a clase, y que afortunadamente se haya generado ese ansiado vínculo y apego emocional con la institución en la que se sienten arropados, queridos, seguros y respetados, y especialmente, donde entran en relación y comunicación con sus iguales.
Sin embargo, se siguen dando espacios escolares infravalorados por la mayoría de las instituciones públicas, preocupadas más por generar contenido legislativo en ellos que infraestructuras que favorezcan una verdadera motivación (desde su arquitectura hasta su dotación tecnológica).
Realmente yo recuerdo mi aula como un espacio inmenso, porque el 80 por ciento del tiempo estábamos sentados, pero ahora existen otras necesidades de movilidad o de interacción social (principalmente, porque estos niños que ahora guardamos en aulas deberán ser capaces en el futuro de trabajar en equipo y en estructuras horizontales de cooperación). Pero, cómo se consigue este reto en espacios de 43 metros cuadrados y ratios de 25 alumnos. Cómo pretenden que quepan los rincones, el material de los proyectos de investigación, los inputs para niños con necesidades especiales de aprendizaje, el espacio para que el autista integrado en el aula ordinaria tenga un lugar digno de trabajo sin demasiados estímulos, etc. En estructuras dotacionales de hace medio siglo se está metiendo con calzador el futuro más prometedor. Y eso me pone muy triste y rabiosa.