Martes, 28 Abril 2026
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Myriam Ybot

 

 

Lo primero, pido disculpas anticipadas a quien considere que mi género me excluye de poder opinar sobre el rol masculino en nuestra sociedad. Creo que las mujeres nunca hemos apartado a los hombres que se acercaban con voluntad constructiva y ganas de colaborar en la causa de la igualdad pero por si acaso, dicho queda.

 

En los últimos tiempos me rondan preguntas sobre el inmovilismo secular del colectivo de varones en contraste con la acción de las mujeres, impulsada por convicciones profundas y reclamaciones vinculadas al género. Las sufragistas, las madres contra la droga, las kellys o las feministas de la cuarta ola son solo unos pocos ejemplos.

 

Se podría alegar que qué interés puede tener para ellos moverse de su posición de privilegio, poder y liderazgo. Pero de nuevo me cuestiono: ¿Acaso alguien consultó a las mujeres cuando se decidió que ese era el lugar en el cielo que aspirábamos conquistar? ¿Acaso intervinimos cuando se señaló el sistema capitalista de la desigualdad, la violencia y la ambición como el que daría felicidad y cumplimiento a los designios del ser humano?

 

Siempre he defendido que el patriarcado, un modelo de convivencia desequilibrado, radicalmente injusto y habitualmente cruel con la población femenina, también ha sido dañino para los hombres. Para aquellos que no encajan en el perfil agresivo, dominador, competitivo y autoritario que define al “sexo fuerte” -calificativo patriarcal santificado por la RAE que lo dice todo-. Para aquellos, en suma, afines a la horizontalidad, el consenso y las relaciones entre iguales propias de las mujeres.

 

Así, vemos a padres a la conquista de cada precioso minuto de cuidados de la progenie, implicados en su educación, sus problemas y sus retos. Vemos a esposos dedicados a la casa mientras las esposas salen cada mañana a sus trabajos. Vemos a hijos a la cabecera de las camas de sus mayores. Vemos a muchos hombres en la calle, jóvenes y ancianos, caminando junto a sus compañeras, reclamando igualdad, el coto a las violencias machistas, el fin de la discriminación.

 

Y son más de los que pensamos. Están en la empresa, en el aula, en el piso de arriba. Los conozco fontaneros y dependientes, jardineros y juristas, funcionarios e informadores. Ellos lo tienen claro: se consideran feministas y proclaman abiertamente su rechazo a las toxicidades de la masculinidad tradicional. Todos han debido deconstruir convicciones muy interiorizadas, dinamitar su machismo y renacer como personas igualitarias.

 

Así que, buenas noticias, caballeros: se pueden derribar los estereotipos de género inoculados por el patriarcado. Ya pueden llorar, tener miedo, bailar como locos, mostrarse vulnerables, emocionarse en público, ser afectuosos, tirar del carro de la compra y responsabilizarse de las crianzas. Sepan, además, que mear de pie no es más viril, es más incómodo y mucho menos higiénico.


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