Miércoles, 13 May 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

La confianza también debe pasar cuarentena: esto ya no es solo una crisis sanitaria, es un conflicto político e institucional de primer nivel, el más grave entre Canarias y el Estado que se recuerda.

 

Lo verdaderamente demoledor de lo que se supo ayer, mientras el trío ministerial felicitaba al Gobierno y se felicitaba a sí mismo por el éxito del operativo, no es únicamente que existieran contagios confirmados de hantavirus en el Hondius, mientras se minimizaban los riesgos para Canarias. Lo peor es la acusación explícita de ocultación deliberada de esa situación, formulada por Clavijo. Y más aún: que esa acusación ya no se plantea en términos técnicos, sino morales y políticos. “La afrenta y las mentiras no las olvidaré”, dijo el presidente en sede parlamentaria. La frase no pertenece al lenguaje administrativo, es lenguaje de ruptura, un lenguaje poco usual en el político que hizo suyo el ‘modo canario’, la búsqueda de acuerdos y la defensa de la colaboración entre instituciones.

 

Hasta ahora, el Gobierno Sánchez había intentado presentar el episodio como una gestión sanitaria compleja, pero controlada. Sin embargo, la confirmación por parte de la OMS de hasta once casos vinculados al barco, cambia del todo el marco del debate. Ya no es discutible si hubo exageración política por parte de las autoridades canarias. Se discute si el Estado ocultó información esencial mientras exigía confianza ciega en sus instrucciones. La negativa del Gobierno central a atender la petición de sus técnicos y realizar PCRs antes del desembarco, cuando sabían de la existencia de contagios, abre todo un abanico de preguntas inevitables: ¿por qué se negó oficialmente el alcance real de la infección antes del traslado? ¿Qué interés había en evitar hacer público que un pasajero estadounidense estaba infectado? ¿Se quería evitar el impacto internacional o la alarma pública? ¿Quizá un posible retraso o paralización del operativo? ¿O simplemente se consideró que Canarias debía aceptar cualquier decisión sin preguntar nada?

 

Ninguna respuesta a esas preguntas ha sido siquiera considerada en el discurso oficial o las controladas ruedas de prensa ofrecidas por el trío. La impresión que nos deja ese silencio es demoledora: el Gobierno optó por el escenario más arriesgado y complejo –el más peligroso para Canarias y su gente- precisamente porque permitía mantener un margen de ambigüedad sobre el número real de infectados. Se optó por mentir, como se ha hecho para explicar la inexplicable escena del psiquiatra caminando a cuerpo descubierto por Granadilla con su Epi usada bajo el sobaco. La mentira del secretario de Estado -“estaba previsto”-  es de una desvergüenza que aturde. ¿Estaba previsto el paseo negligente de material de protección por las calles de Granadilla? ¿De verdad se había instalado un contenedor para depositar la Epi? ¿Si? ¿Dónde? ¿Quién dio la orden?

 

La intervención de Clavijo rompe un tabú: acusar directamente a su antecesor en la Presidencia, el ministro Torres, de conocer la situación y ocultarla al pueblo de Canarias. Con eso, el conflicto deja de ser institucional para convertirse en personal. Clavijo recordó la lealtad mostrada durante la pandemia y contrapuso esa actitud a lo que considera una traición. En términos parlamentarios, decir algo así equivale a dinamitar todos los puentes.

 

En el PSOE tampoco han tenido gran interés por rebajar la tensión y el tono. En un día previo a lo que vendrá hoy, que será un debate más amplio y más agrio sobre la afrenta, Chano Franquis dijo que el Gobierno regional alimenta el miedo hasta rozar el ridículo, con hipótesis como la de las ratas nadadoras capaces de propagar la infección. Una calculada bellaquería: las instrucciones a las fuerzas y cuerpos de Seguridad del propio Gobierno de Sánchez, contemplan esa posibilidad.  La filtración de una conversación privada de Clavijo por la ministra no es sólo un síntoma de poca educación, son la prueba de una voluntad de ridiculizar y destruir al adversario. Pero los memes pasan, se agotan en sí mismos. La definición musical de Clavijo como ‘rata inmunda’ y ‘animal rastrero’ por los jóvenes y jóvenas del PSOE no encaja bien con el respeto institucional.

 

Aquí se han sobrepasado los límites de la cutrez, pero lo grave no es siquiera eso, sino el uso recurrente de la mentira como herramienta política. Lo grave es acusar al Gobierno de Canarias, desplazado a 50 metros de la rueda de prensa triministerial, de no haber querido sumarse, cuando no se le permitió participar. Es negar la existencia de infección en el barco -y certificarlo- a sabiendas de que un pasajero estadounidense había dado positivo en el PCR. Es mentir sobre el valor probatorio de los PCR o inventarse historias como la del contenedor preparado para recibir la EPI del psiquiatra después de su paseo. Cuando un Gobierno pide confianza absoluta mientras niega información crítica, destruye lo que reclama. Y eso es lo que ha ocurrido aquí. El asunto llega en el peor momento, cuando Canarias vive una sensación de abandono estatal en asuntos clave: inmigración, control fronterizo, financiación, vivienda, infraestructuras o gestión aeroportuaria. La crisis del Hondius se suma a la percepción creciente de que nos tratan como a una colonia.


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