Jueves, 29 Enero 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

En política, nada dura para siempre: ni los liderazgos, ni las mayorías, ni las narrativas que se presentan como inevitables. Tampoco dura eternamente la paciencia de quienes, durante décadas, creyeron que el socialismo era algo más que una maquinaria de poder al servicio de un dirigente. La presentación pública del movimiento ‘Socialdemocracia 21’, anunciada por el ex ministro Jordi Sevilla, no se realiza con los nombres de una conspiración, ni de una traición, ni de un ajuste de cuentas personal. Es, sencillamente, un síntoma del cansancio de un sector de las bases socialistas, y un aviso de que el sanchismo está comenzando a dejar de ser la única doctrina posible en el socialismo español.

 

​Que un grupo de socialistas históricos, intermedios y jóvenes decidan abrir un debate interno sobre el rumbo del PSOE es una magnífica noticia para la democrática. Sin embargo, en el PSOE actual se interpreta como una herejía que un grupo aún pequeño de afiliados y dirigentes comience a cuestionar el liderazgo de Sánchez. La razón es simple: el sanchismo no concibe al PSOE como un espacio plural, sino como una estructura de adhesión. Se está dentro o se está fuera. Se aplaude o se estorba.

 

​El manifiesto que se hará público hoy por Jordi Sevilla y otros dirigentes, no nace con vocación de corriente organizada, ni con liderazgo alternativo, ni siquiera con una lista de avales. Y eso, paradójicamente, es probablemente lo que más inquieta en Moncloa. No hay cabezas visibles que cortar, ni cargos que amenazar, ni sillones que retirar. Hay ideas. Y en Democracia las ideas críticas son casi siempre más peligrosas que los nombres propios.

 

​El texto plantea algo algo que resulta imposible rebatir: el actual rumbo del partido ha erosionado el apoyo social al PSOE y a la izquierda, y ha sustituido políticas de redistribución por gestos populistas y pronunciamientos agresivos. Vivimos en una España dirigida por la izquierda, con récords bursátiles y beneficios históricos de los bancos, en la que millones de familias no llegan a fin de mes, soportando políticas populistas que alimentan la desigualdad crónica entre ricos cada día más ricos y más gente cada día más pobre.

 

Pero lo verdaderamente relevante no es el contenido concreto del manifiesto, sino el contexto en el que surge. Socialdemocracia 21 no aparece en el vacío. Se suma a una constelación creciente de disidencias menores, malestares dispersos, silencios incómodos y abandonos discretos que recorren el partido de arriba abajo. Alcaldes que callan, militantes que se dan de baja, votantes que se van sin hacer ruido. El ruido lo pone siempre la dirección, instalada en la corrupción y la bronca permanente; el desgaste real lo provoca el silencio.

 

​Que Jordi Sevilla haya hablado con Felipe González, Alfonso Guerra, Susana Díaz, Eduardo Madina, Juan Lobato, Ignacio Urquizu o Emiliano García-Page no convierte el movimiento en una operación de “los viejos contra el líder de ahora”. Esa caricatura de lo que representa este movimiento disidente interesa a un aparato instalado en el servilismo y el adocenamiento, pero no explica la realidad de lo que está pasando: que el malestar atraviesa generaciones y territorios, y que incluso secretarios generales en ejercicio comparten el diagnóstico pesimista sobre lo que ocurre. Que las políticas de Sánchez conducen al país al auge de Abascal, a lapérdida de apoyos al socialismo y a ladictadura de las minorías indepes.​Hay una frase de Sevilla que condensa bien el fondo del asunto: “Este PSOE es tan mío como de Pedro Sánchez”. En un partido sano, esa afirmación sería una obviedad. En el PSOE actual, suena casi subversiva. Porque el sanchismo ha construido la idea de que el partido es una prolongación del liderazgo, y que cualquier cuestionamiento equivale a un ataque personal. De ahí la búnkerización, la descalificación preventiva y la conversión del disidente en sospechoso.

 

El manifiesto no es un ataque contra Sánchez, huye deliberadamente del insulto y del ajuste de cuentas. No es una enmienda a la biografía del presidente, sino a un proyecto político basado exclusivamente en su supervivencia. Y eso explica que pueda conectar con sectores jóvenes que no vivieron el felipismo, pero sí perciben que el PSOE ha dejado de ser un espacio donde se debate cómo gobernar mejor. Se ha convertido en un instrumento para resistir en el poder a cualquier precio.​Nada dura para siempre. Tampoco los liderazgos que se presentan como indiscutibles. Socialdemocracia 21 quizá no logre cambiar el rumbo de este PSOE, que se ha dejado infectar de sanchismo y populismo en todos sus niveles. Pero sí introduce algo que el partido necesita recuperar: la certeza de que el silencio no es la única opción. Cuando un grupo humano empieza a recuperar la palabra –aunque sea en voz baja–, el cambio de etapa ya ha comenzado.


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