No ver las orejas al lobo

Francisco Pomares
Durante unos días -los que el algoritmo decidió que aquello daba juego- España descubrió a los therians. Hasta entonces sólo existían en TikTok, pero no cotizaban en la bolsa de la información referente. Y en el mercado de la atención, lo que no cotiza tiende a ser invisible.
De pronto, sin que quedará claro ni cómo ni porqué, los medios españoles protagonizaron a coro la celebración circense de su existencia. Ahí estaban: jóvenes que dicen sentirse perros, lobos, gatos o cualquier otro animal peludo con mejor prensa que el ser humano. Vídeos virales, tertulias encendidas, expertos reciclados en animalismo apenas en cuestión de horas. La conversación pública se llenó de colmillos, orejas y colas… contagiando de estulticia y moralina las pantallas del país. Ocurrió de pronto, de un día para otro, aunque casi nadie hubiera visto un therian de carne y pelo por los altrededores.
Las sociedades desarrolladas han perfeccionado una forma sofisticada de evasión: sustituir los problemas reales por polémicas absurdas. No porque no sepamos cuáles son los problemas de verdad -la vivienda imposible, la precariedad crónica, el colapso demográfico, la transformación del empleo en precariedad-, sino porque enfrentarse a esos problemas exige esfuerzo, incomodidad y, en el peor de los casos, responsabilidad. Y todo eso cansa.
Es mucho más entretenido discutir sobre si alguien se siente un perro y porqué. Los therians –una comunidad minúscula que opera básicamente en el espacio de lo virtual- son el producto perfecto de una lógica que opera al margen de lo real. No tienen dimensión política, ni impacto económico, ni relevancia social. Pero cumplen una función esencial: permiten simular un debate público sobre un asunto de interés que –en realidad- no debería interesar absolutamente a nadie. Permite indignarse sin consecuencias, opinar sin conocimiento y ridiculizar sin coste alguno. El fenómeno constituye, en definitiva, puro entretenimiento moral. Son el equivalente contemporáneo del viejo desprecio indignado por lo que no tiene sentido, adaptado a las exigencias del siglo XXI: rápido, viral, falsamente polémico, emocionalmente intenso y perfectamente inútil.
Como tantos otros alambicados artificios de nuestra sociedad, el fenómeno therian es un puro trampantojo, del que todos logran sacar algo: los algoritmos ganan, porque capturan atención; los medios ganan, porque rellenan horas de programación y páginas, los tertulieros ganan, porque pueden pontificar sin necesidad de matices. Y la política gana, porque logra exactamente lo que le conviene: que entre la indignación impostada y la ridiculización no se hable de lo que es importante.
Mientras seguimos entretenidos con lobos imaginarios, los problemas reales siguen ahí. Esperando. Acumulándose. Volviéndose cada vez más difíciles de resolver. Mientras discutimos sobre adolescentes que aúllan en TikTok, dejamos de lado por qué esos mismos adolescentes de las sociedades opulentas no logran emanciparse de sus familias, ni imaginar un futuro que no sea provisional. Exageramos la gravedad de esta decadencia que cabe en videos de quince segundos, se viraliza y provoca centenares de memes. Construimos un debate manejable, ligero y estúpido.
Porque esa es la palabra. Estúpido. Más estúpida la indignación ante la estupidez therians que la propia estupidez therians. No estamos ante una sociedad que pierde la cabeza y enloquece, sino ante una sociedad que se infantiliza al convertir cualquier extravagancia en un acontecimiento y cualquier anécdota en un problema planetario. Antes fueron los videojuegos, después las tribus urbanas o las redes sociales. Ahora son los therians. Y mañana será cualquier otra cosa.
Lo que cuenta es mantener el mecanismo: crear un enemigo pequeño, inofensivo pero moralmente rebatible, amplificar el análisis y el rechazo hasta el absurdo y utilizarlo como válvula de escape, en una suerte de gimnasia de la indignación. Compartimos, comentamos, nos indignamos, a veces nos reímos… y al hacerlo alimentamos exactamente aquello que decimos criticar. Es un sistema perfecto: la estupidez nos contagia. Y se reproduce.
Lo que de verdad sorprende no es siquiera el fenómeno, sino la velocidad con la que construimos la inanidad. Nunca había sido tan fácil convertir un puñado de vídeos en una discusión alterada sobre la estupidez humana. Nunca había sido tan sencillo transformar la nada en conversación. Y nunca había sido tan rentable hacerlo.
Los therians no son el retrato de una generación perdida. No hay masa crítica para eso. Ni de lejos. Son apenas el síntoma de una conversación pública que ha renunciado a la inteligencia, que prefiere el espectáculo a la comprensión, la caricatura a la complejidad, y el ruido a la verdad. Y eso sí debería preocuparnos.