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Obligarnos a pensar

Por Francisco Pomares

Publicado en El Día

 


Hoy, si no se produce algún movimiento forzado y extraño, Pedro Sánchez será elegido por un escasísimo margen presidente del Gobierno más débil y frágil de la democracia española, en un pacto de coalición -el primero de nuestra historia democrática- con Unidas Podemos, gracias al apoyo de unos pocos diputados de partidos más o menos localistas, al voto favorable del PNV y a la imprescindible abstención de Bildu y Esquerra Republicana. Creo que hasta el propio Pedro Sánchez sabe que este no es un buen formato de gobierno, más bien resulta un potro de tortura que hasta anteayer le quitaba el sueño, y que de seguro le obligará -para poder realizar cualquier acción de gobierno- en el mejor de los casos a bordear lo que es razonable y posible con declaraciones y acciones simbólicas pero inútiles, o en el peor de los supuestos, a retorcer la ley hasta extremos insoportables. Es muy probable que -como consecuencia de eso- el Gobierno resultante de este extraño pacto entre los socialistas del PSOE y los comunistas de Unidas Podemos tenga que retratarse con cierta frecuencia ante los tribunales por adoptar decisiones o medidas que quizá choquen con eso que -eufemísticamente- ahora se llama el marco legal.

 

Y es posible también que de la radicalización frentista que ha producido que en el Gobierno o sosteniendo el Gobierno se encuentre todo el espectro de la izquierda radical, incluso la izquierda heredera de ETA, y las fuerzas independentistas, surja una fortísima e indeseable polarización y división del país entre izquierdas y derechas, y entre centro y periferia? Porque, ante posiciones muy marcadamente izquierdistas, tendremos reacciones muy duras de la oposición de derechas: los primeros sondeos ya hablan de que esa radicalización favorecerá fundamentalmente a los partidos que se sitúan en los extremos: Vox por la derecha y Unidas Podemos por la izquierda. Es también probable que en los próximos años nos acostumbremos a que cualquier crítica o desintonía con las decisiones y actuaciones del Gobierno sea tildada de retrógrada, reaccionaria o directamente fascista por quienes defienden al Gobierno. Es lo que tiene la polarización, que divide y enfrenta a países y comunidades: el descosido social que hoy fracciona Cataluña, entre quienes quieren la independencia y quienes no la quieren, puede trasladarse al conjunto del país entre quienes consideran que estamos ante un Gobierno bolivariano o filocomunista, dispuesto a romper España, y quienes consideran que los partidos que no apoyan al Gobierno deben ser expulsados de la vida pública porque representan al fascismo. Ese es el triste panorama de radicalización, polarización, crispación y -si me apuran, a juzgar por algunas declaraciones recientes de Iglesias y Abascal- de guerracivilismo al que nos abocamos. Difícilmente traerá esta legislatura, dure lo que dure, la pacificación del país, la recuperación de la concordia o las reformas que quiere la mayoría. Lo que va a traer son conflictos, medidas extremistas, tinta envenenada y mucho insulto y barbaridades en la Carrera de San Jerónimo y en la vida social.

 

Lo peor es que con un Gobierno de las derechas estaríamos prácticamente igual. Supongo que eso debería obligarnos a pensar que algo se está haciendo muy mal.

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