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Odio

Francisco Pomares

 

A principios del siglo pasado, la ideología ya casi había logrado sustituir a la religión como elemento de generación de odios irreconciliables. Pero no siempre fue así: a lo largo de la historia nos hemos matado de todas las formas posibles, por no ponernos de acuerdo con asuntos que hoy nos parecen baladíes, como cuál es el verdadero nombre del Dios del libro. Después de la Gran Guerra y la Revolución Rusa, el odio religioso al infiel dio paso al odio ideológico al contrario. El nazismo se significó en la organización industrial del asesinato de masas, pero los comunistas no se quedaron atrás contando muertos: las hambrunas decretadas para forzar a los mujiks a la colectivización, las fosas de Katin, las purgas masivas de disidentes o competidores, el exterminio sistemático de las clases medias de Camboya por los jemeres rojos€

 

Dicen que las ideologías comenzaron a morir tras la caída del muro, en 1989, y con ellas el odio basado en las creencias. No es cierto: el odio ideológico mutó rápidamente en odio partidario. Un odio basado no ya en la ideología, sino en los conflictos de poder, en el enfrentamiento como motor de la identidad de grupo. En el mundo desarrollado, las acciones transformadoras de la izquierda han cedido paso a un bucle de enfrentamientos, cuyo sentido no es el reparto de la riqueza, sino sostener la tensión con el de enfrente, con el enemigo. Las políticas que hoy se hacen en el primer mundo se basan en señalar defectos presentes, pasados o futuros del contrario, y en alimentar el odio de los propios contra los ajenos. El populismo, un formato que reivindica que lo propio es mejor y que lo ajeno es contaminante y perverso, se ha impuesto en la izquierda. La cultura política de hoy es la de la bronca y el odio, y su grial el poder. A cualquier precio.

 

La moción de censura contra Patricia Hernández sólo responde al deseo de hacerse con poder. Como la planteada por Pedro Martín contra Carlos Alonso en el Cabildo hace menos de un año. Como la operación de desalojo de Coalición del Ayuntamiento chicharrero planificada por la propia Hernández con la ayuda de la tránsfuga Zambudio, ahora blanqueada en ciudadana obediente. El objetivo de los partidos es hoy el poder. Lo que ha cambiado son los intereses: hoy no se persigue el poder para aplicar programas o ideologías, sino para tenerlo. Hoy lo que cuenta no es lo que se cree o lo que se quiere hacer usando la política, sino estar en el machito. La pérdida de referencias ideológicas, el desinterés por las formas o los argumentos, ha legitimado el recurso al odio y transformado la militancia política en una suerte de psicopatía, en la que se vierten, insultos y amenazas con argumentos que no se compadecen con los que hace apenas un año se usaban para justificar lo mismo que ahora se condena.

 

 

Todo este odio desatado por la desobediencia de Evelyn Alonso a su partido es ridículo. Patético. Está en [Mateo 25: 51-52] "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere". Lo dijo Jesús, cuando uno de los que le acompañaban hirió a un servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Patricia Hernández usó a la Zambudio para cortarle la oreja a Bermúdez. Y ahora se la cortan a ella. Son operaciones de poder que no cambian la vida de la gente. Son reversibles e intercambiables. Lo que sobra es todo este odio€

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