Sábado, 25 Abril 2026
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Francisco Pomares

 

El correo del Pentágono no resiste la lectura del Tratado de Washington. Expulsar a España de la OTAN es una decisión jurídicamente imposible de aplicar, y tampoco es necesario ponerse muy técnico: basta con entender cómo funcionan las alianzas para darse cuenta de que nadie tiene la llave de la puerta de salida… esa puerta, sencillamente, no existe.

El Tratado que dio origen a la OTAN, prevé cómo entrar, pero no establece formula alguna que permita poner a nadie de patas en la calle. Y ese es un detalle menor solo en apariencia: en realidad, el tratado define con claridad la naturaleza misma de la organización, una alianza entre Estados soberanos que cooperan porque quieren, no porque alguien pueda obligarlos. El único mecanismo previsto es el contrario: el de marcharse por decisión propia, con un año de preaviso. De irse voluntariamente, sí. Pero con anuncio previo y espera larga. De expulsión por las bravas, porque a Trump se le antoje, nada de nada.

La pregunta es entonces porqué en estos días hemos asistido a la furiosa aparición de informes y comentarios procedentes del entorno del Pentágono en los que se sugiere dejar fuera a España por desacuerdo con la visión estratégica de Pedro Sánchez. No es necesario exagerar su alcance para percibir el problema. No estamos ante una propuesta viable, ni ante un error técnico. Estamos ante otra cosa: un síntoma. Porque si algo resulta revelador no es que en EE.UU se plantee lo que no se puede hacer, sino que se haga como si fuera posible. O peor aún, como si el mero hecho de decirlo produjera efectos. Es ahí donde la política exterior empieza a parecerse demasiado a la comunicación política: importa más el mensaje que la realidad que lo sostiene.

La OTAN no es una empresa en la que se pueda despedir a un socio inconveniente. No hay un consejo de administración que vote la salida de quien no cumple. Ni siquiera hay mayorías. Hay unanimidad, o no hay decisión. Ese principio -tan incómodo como práctico- ha permitido sostener durante décadas una estructura compleja, con intereses divergentes y tensiones constantes, pero que funciona bastante bien, Quizá precisamente porque obliga al consenso.

Lo que estamos viendo ahora es la lógica trumpiana en acción. Una lógica que simplifica, reduce y convierte las relaciones internacionales en un juego de suma cero: conmigo o contra mí. Una lógica que no distingue entre presión y ruptura, entre discrepancia y deslealtad. Y que, en última instancia, no necesita que algo tenga que ser verdad para utilizarlo como herramienta política. ¿Que más dará que no se pueda echar a España de la OTAN si basta con manifestar la voluntad de hacerlo para que todo el mundo se acongoje? Es decir: se le suban los congojos a la garganta…

No es casual que este tipo de planteamientos emerjan en un contexto definido por la influencia Trump y su forma de entender las alianzas. Para Trump, la OTAN siempre fue más una negociación que un compromiso. Un espacio donde ajustar cuentas, exigir contraprestaciones o señalar agravios. En ese marco, hablar de expulsiones no es tanto un propósito como una forma de mear el territorio. El objetivo de Trump es que su lenguaje deje huella. Aunque no exista procedimiento para echar a un país de la Alianza, sí existen mecanismos para erosionar su posición. Se puede aislar a un socio, reducir su peso en la toma de decisiones, limitar su acceso a información sensible o simplemente ignorarlo en los momentos clave. No hace falta abrir la puerta de salida si se puede vaciar de contenido la pertenencia.

La paradoja consiste en que Trump no puede expulsar a España de la OTAN, pero sí puede hacer que su presencia sea irrelevante. Y eso, que no requiere tratados ni reformas, es más fácil de ejecutar y más difícil de denunciar. Conviene, en todo caso, no caer en la tentación de convertir el conflicto de EEUU con la OTAN en un problema específicamente español. Hoy el foco se sitúa en España porque conviene a un determinado relato. Mañana el foco podría estar en cualquier otro país, o incluso en todos ellos. Lo que está en juego no es ya la posición de un aliado concreto, sino la forma en que el rubio vociferante entiende las alianzas.

Durante décadas, la OTAN ha sido -con todas sus contradicciones- un espacio imperfecto de cooperación entre iguales. No es un club exclusivo, ni una estructura jerárquica, ni mucho menos una organización disciplinaria. Su fortaleza ha consistido precisamente en obligar a convivir a países que no siempre están de acuerdo, pero que comparten lo esencial. Cuando ese equilibrio se sustituye por la amenaza, aunque sea retórica, algo puede cambiar. No en los estatutos, que siguen siendo los mismos, sino en la cultura política que los sostiene.

Por eso, más allá del ruido, la conclusión es sencilla. La OTAN no puede expulsar a nadie. Pero si Europa y Canadá no se defienden del estilo trumpista, sin duda la Alianza acabara por parecerse a esos lugares donde no hace falta echarte, bastará con que dejes de contar. De momento, Europa y Canada parecen dispuestas a salvarle la cara a España. Pero no es mérito nuestro, España va por libre en Europa. Si Europa aguanta firme la embestida contra España no es por solidaridad con Sánchez, sino por hartazgo con Trump. Y porque después de España puede venir cualquiera.


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