Viernes, 01 May 2026
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Por Francisco Pomares 

Tenía el viejo Pardellas (porque hay más Pardellas) veinte años justos más que yo, un carácter afable, apenas corregido por la maliciosidad del oficio, y una bonhomía envidiable, fruto de una educación familiar espartana y años de prudencia y profesión al frente de un medio oficial. Director de Radio Nacional durante media generación, se jubiló en cuanto pudo de la obediencia, pero le podía el oficio y acabó por recalar pronto en un proyecto vitalista e insensato, que compartía con Juan Fuentes –otro titán discreto de los de antes- y conmigo. Creó una radio pequeña y sin enjuagues, pegada a lo local, abierta a los ritmos y los retos de la radio de siempre y cantera de juventud, en la que volcó toda su cantera de experiencia y recursos, y sostuvo contra el viento y el tiempo y convirtió en su escuela personal de periodismo. Después de años de recibir premios y honores por su buen oficio como director de la entonces mayor radio de las islas, se metió hasta el tuétano en la aventura de Radio Isla, que duró hasta que un presidente magurrio y acomplejado la cerró por decreto para construir lo que debía ser un imperio, pero no llegó ni a propina.

Con la muerte de José Antonio Pardellas, el periodismo tinerfeño pierde algo más que a uno de los suyos. Pierde una voz, y no cualquiera, sino una de esas que terminan por ser parte del paisaje emocional de varias generaciones. Con Pardellasse apaga también una forma de entender la radio, el oficio y quizá también la vida.

Con los años, ocurre que la muerte se espera, se intuye, se va preparando de poco a poco. Van cayendo amigos alrededor, como caen cascotes del tejado en un edificio que se derrumba. Y uno acaba por acostumbrarse a esquivar los golpes, feliz de poder contarlo. Pero la muerte de Pardellas ha llegado casi por sorpresa, como si incluso al irse hubiera querido mantenerse fiel a su estilo sin alharacas ni estridencias, sin ruido ni aspavientos.

Tenía 88 años prietos vivido con intensidad y regocijo. Lo había contado todo. Y más. Y noshabía enseñado, desde la humildad de un hombre sin fisuras, todo un catálogo de maestrías. Porque era en su oficio la referencia y el maestroimprescindible, perro no de esos que pontifican, sino de los que acompañan. De los que corrigen sin levantar la voz y convierten la redacción en escuela. Los que jamás dejan escapar ni una noticia, ni una verdad, ni un gesto de consuelo.

Nacido en Vigo, tinerfeño por elección y convicción, fue una de las figuras centrales de la radio canaria. Su carrera queda ligada a Radio Nacional de España, donde fue locutor, redactor, director y, finalmente, director regional en las Islas. Pero su enorme influencia no se explica por los cargos que ocupó, sino por su desempeño en ellos. Por su compromiso con la verdad posible en los tiempos más difíciles, por su la obsesión casi artesanal por contrastar, por verificar, por hacer bien las cosas en un oficio que siempre está contaminado por la urgencia y las afinidades.

Constru en RNE una estructura informativa sólida, capaz de prosperar en un territorio fragmentado, periférico, dividido y enfrentado por el pleito, y muy complejo, en el que se resistió a entregarse a lo fácil que en aquel tiempo era el insularismo rampante. Sintiéndose chicharrero, creía en la región, y la región le premió muchos años después con su máximo reconocimiento, que era y es el Premio Canarias.

Pionero también en la telefue el primer rostro al encender la pequeña pantalla en los años sesenta. Metió los carnavales en 625 líneas, ayudó a contar y contarnos unas islas que todavía aprendían a verse a sí mismas. Hizo historia en la radio canaria y la escribió después, y hasta su último día le gustó presumir de haber inventado la primera coletilla inseparable de nuestra identidad mestiza: “una hora menos en Canarias”. Nacida casi por necesidad técnica, la frase terminó convirtiéndose en el primer símbolo reconocido del paísY eso le hacía sentirse orgulloso. A veces pienso que la hora menos, que escuchan hoy millones de españoles todos los días, fue su mayor orgullo profesional.

Fue un hombre siempre integro, e independiente siempre que había que serlo. Disfrutaba del micrófono, amaba la conversación como género, y su cordialidad no era fingida en las ondas, pero si afilada, como la de tantos grandes periodistas de su tiempo: cercanos, respetuosos, incisivos, pero enemigos del daño gratuito, responsables..Pertenecía a una generación que entendía el periodismo como servicio. Como una tarea que exigía dignidad y ternura, comprensión de las dificultades del mundo mucha humanidad.

Eeste tiempo en el que todo va más rápido, es más ruidoso y más superficial, su figura adquiere el valor de lo que es auténtico y carece de cualquier impostaciónNos recuerda que hubo otra manera de hacer las cosas. Y que poseía seguir habiéndola.

Se nos ha ido su voz inconfundible.

Para algunos que somos muchos, seguirá resonando en la memoria.


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