Viernes, 15 May 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

Sufren una suerte de melancolía quienes siguen creyendo que las guerras son hoy como en las viejas pelis de John Wayne, con columnas de tanques avanzando por una frontera, bombarderos en formación y soldados desembarcando en playas lejanas. No, la guerra ya no precisa declaraciones solemnes, ni uniformes reconocibles o desembarcos televisados en directo. Que no se escuchen disparos ni explosiones no significa vivir en paz. Esta suerte de guerra silenciosa que se ha adueñado del planeta no es ni remotamente asimilable a una situación de paz real.

 

Esta no una guerra clásica, al menos por ahora, sino algo más ambiguo, viscoso y difícil de asumir: una guerra híbrida, fragmentaria, tecnológica y psicológica, que se libra en todos los frentes económicos y tecnológicos, en las redes sociales, en los mercados energéticos, en las infraestructuras críticas y la manipulación permanente de la opinión pública. Dani Millet ha revelado en estas páginas un informe del Departamento de Seguridad Nacional, órgano asesor de la Presidencia del Gobierno, sobre la posibilidad de sabotajes rusos contra los cables submarinos que conectan Canarias con Europa y África. El Gobierno admite así oficialmente que Canarias forma parte de un escenario potencial de confrontación estratégica. O sea, que somos objetivo.

 

Durante décadas nos hemos acostumbrado a creer que Canarias es volcanes, playas y ron a precio caribeño. Un destino turístico de la periferia donde no llega la geopolítica, donde todo ocurre a miles de kilómetros de distancia. Como Qatar o Abu Dabi, pero en pobre. Pues eso: la geografía no desaparece porque uno deje de verla. Y Canarias ocupa uno de los puntos más sensibles del Atlántico medio: paso marítimo, conexión digital, nodo energético y plataforma logística entre Europa, África y América. Bajo las aguas que acarician nuestra costa discurre una veintena de cables submarinos, arterias por las que circula la economía, la información, las comunicaciones bancarias, el tráfico de datos, las operaciones empresariales y buena parte de la vida cotidiana moderna. Para rendirnos no se precisa tomar una isla ni disparar unos cuantos misiles sobre la Plaza Weyler. Bastaría con sabotearnos la normalidad. Interrumpir las comunicaciones puede ser tan devastador como bombardear una ciudad.

 

El informe del Departamento de Seguridad Nacional habla explícitamente de amenazas híbridas, sabotajes coordinados, vulnerabilidades estratégicas, y dependencia tecnológica. Habla también de buques rusos fantasma, moviéndose cerca de las aguas canarias. Y de la improrrogable necesidad de reforzar la vigilancia marítima. No es literatura conspirativa, ni delirios de tertuliano. Es el aparato de seguridad del Estado quien nos advierte del peligro. Sin embargo, seguimos reaccionando ante las advertencias como si prepararse para lo que se avecina fuera una absurda forma de paranoia, y reforzar la defensa energética, tecnológica o marítima equivaliera a convertirse en un belicista. Gran parte de la izquierda europea -y también de la derechita ingenua y cobarde- continúa instalada en una visión sentimental de la política internacional. Creen que las guerras desaparecen simplemente negándolas, que basta con declararse pacifista para evitar que otros actores utilicen la fuerza, el chantaje energético, la presión migratoria o la desinformación. Pero ni Putin, ni China, ni Irán, ni los intereses internacionales van a detenerse ante una pancarta universitaria.

 

Europa lleva años viviendo la ilusión de que el comercio del gas con los rusos nos garantiza estabilidad eterna, que la globalización y la interdependencia hacen imposible el conflicto. Es falso, el progreso tecnológico no trae democracia y prosperidad de forma automática. La guerra de Ucrania rompió esa fantasía.

 

España mantiene su rechazo emocional a aceptar el regreso a un tiempo de confrontación global, y vive además una situación particularmente delicada: un Gobierno ocupado en su supervivencia política inmediata, incapaz de construir consensos duraderos en las cuestiones esenciales, planifica la seguridad nacional con el sectarismo superficial con que se discute en los reality. Mientras el mundo se instala en una tensión creciente, la política nos atrapa en la pelea tribal permanente, reduciéndolo todo a propaganda.

 

Los ataques contra infraestructuras digitales, redes eléctricas, hospitales, puertos o sistemas financieros, demuestran que el campo de batalla contemporáneo ya no necesita trincheras. La defensa no consiste ya en tener más soldados o aviones de combate. También hay que blindar redes eléctricas, cables submarinos, puertos, satélites, comunicaciones y sistemas informáticos. Invertir mucho dinero y asumir costes estratégicos. Tomar decisiones impopulares y abandonar la confortable idea de que alguien va a garantizar nuestra seguridad.

 

Eso no implica que mañana desembarquen tropas rusas en Las Canteras. Significa que la guerra contemporánea no precisa imágenes espectaculares, declaraciones formales o soldados heroicos… Llegará disfrazada de apagón, de caída masiva de las comunicaciones y colapso logístico, de desabastecimiento y manipulación informativa.


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