Sábado, 21 Marzo 2026
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 Paco Pomares

Francisco Pomares

 

Las elecciones de Castilla y León reflejan bastante el momento político que vive España. La polarización imparable nos conduce a una reconcentración del voto en los grandes partidos nacionales, después de casi dos décadas marcadas por la fragmentación y la aparición de nuevas fuerzas teóricamente destinadas a cambiar para siempre el mapa electoral.

 

Los datos: el Partido Popular mejora claramente sus resultados. Crece con fuerza en porcentaje de voto –un 4 por ciento- y logra dos escaños más, confirmando que la derecha –como la izquierda- tiende a concentra el voto en torno a su marca tradicional En cuanto al PSOE, lejos de sufrir el desplome de Extremadura o Aragón, también resiste e incluso mejora su resultado en dos diputados. El dato más llamativo, sin embargo, es la práctica desaparición de la izquierda situada a la izquierda del PSOE. El espacio político que durante los últimos diez años ocuparon Podemos, Sumar y otras siglas derivadas de aquella primera oleada de protesta se desvanece casi por completo en Castilla y León. Es la evidencia de que la izquierda opta por concentrar el voto en el PSOE. Es un fenómeno que ya se ha visto en otras ocasiones, pero que hoy aparece con especial claridad. En contextos de fuerte polarización política, los votantes tienden a abandonar las opciones intermedias y se refugian en los partidos que consideran capaces de competir realmente por el poder. Se llama ‘voto útil’, aunque responde más a una lógica de supervivencia electoral. Cuando la política deriva a un enfrentamiento de bloques, el espacio para los matices se reduce. El marco político en el que se ha desarrollado la campaña ha sido clave: en las últimas semanas, el debate político nacional ha estado dominado por la guerra de Irán y por Trump. Sánchez ha situado ese escenario en el centro del debate político, recuperando el “No a la guerra”. Puede discutirse la eficacia de esa estrategia en términos de política exterior, pero electoralmente ha logrado movilizar y concentrar el voto de la izquierda en el PSOE. Cuando la política se plantea en términos de conflicto, los votantes cierran filas en torno a las marcas políticas más reconocibles de su propio bloque. No es que el PSOE haya ganado la batalla en Castilla y León. Pero ha evitado el desfondamiento que sufrió en Extremadura o Aragón.

 

Ocurre algo similar en el otro lado del tablero: Vox mantiene su presencia parlamentaria y su porcentaje de voto, pero no logra el salto que las encuestas habían vaticinado. Durante semanas se habló de un crecimiento significativo del partido de Abascal, capaz de alterar los equilibrios en la derecha. Finalmente, ese crecimiento no se ha producido.

 

La explicación más probable es bastante sencilla. Vox conserva su base electoral, pero no logra ampliarla en un escenario en el que el PP aparece como única alternativa real de poder.

 

El resultado de las elecciones es un Parlamento en el que los dos grandes partidos recuperan peso, mientras los partidos menores y localistas son penalizados. En eso juega otro factor clásico del sistema electoral español: la ley D’Hondt. Cuando el voto se concentra en pocas candidaturas, el sistema de reparto de escaños favorece a los partidos grandes y castiga a los pequeños. A veces el sistema es bastante aleatorio: con un crecimiento modesto en votos –un 0,8 por ciento, cinco veces menos que el porcentaje de aumento del PP-, el PSOE logra el mismo saldo de escaños. No hay porque alarmarse: otras veces ocurre al revés.

 

También merece atención el comportamiento de los partidos localistas, que resisten con dificultades. Su presencia en el Parlamento regional sigue siendo significativa en algunas provincias, pero el avance de la lógica de bloques -izquierda contra derecha- reduce progresivamente el espacio político disponible para las opciones territoriales.

 

Y luego está el viejo problema de las encuestas. Durante las semanas previas a las elecciones, muchos sondeos apuntaban a un crecimiento de Vox que se ha producido. No es la primera vez que sucede, en los últimos años se repite la pauta: los votantes deciden cada vez más tarde y lo hacen inclinándose por las opciones que perciben como más sólidas o con más posibilidades de influir en el resultado final.

 

Esa lección no debería resultar irrelevante para Canarias, donde durante décadas los partidos de obediencia local han logrado mantener un espacio político propio al margen de la polarización nacional. Basta ver lo ocurrido en Castilla y León para entender que ese equilibrio es más frágil de lo que parece. Allí, las formaciones locales sobreviven cada vez con más dificultad en un escenario dominado por la lógica de bloques. Es cierto que ninguna de ellas gobierna -como sí lo hace Coalición- y que la estructura política canaria tiene particularidades que la hacen menos permeable al bloquismo izquierda/derecha. Pero aun así, cuando el debate político se convierte en un enfrentamiento permanente entre dos grandes bandos nacionales, el espacio empieza a estrecharse peligrosamente. En política hay un viejo consejo que nunca pierde vigencia: cuando veas las barbas del vecino arder, pon las tuyas en remojo.


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