Miércoles, 22 Abril 2026
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Francisco Pomares

 

Es muy reconfortante descubrir que, por fin, alguien ha decidido tomarse en religiosamente en serio los peligros que suponen las concentraciones multitudinarias en Canarias. Ya saben que yo soy poco carnavalero –lo escribo en cuanto tengo la oportunidad de hacerlo- pero les juro que no lo digo por nuestra fiesta identitaria, ni por los conciertos de a millón de euros la pieza, ni por esas romerías donde media isla acaba compartiendo vino, polvo y una cierta pérdida de orientación, de lo más consuetudinaria. No. Ha tenido que venir un papa americano (siempre impone más) para que nuestra administración se active en modo prealerta. No sé exactamente lo que eso significa en la práctica, pero entre declaraciones de alerta y declaraciones de emergencia, el Gobierno está que no se da un respiro, ni nos lo da a nosotros.

 

La verdad es que la noticia tiene su encanto: el Gobierno regional declara la prealerta por “evento multitudinario” ante la visita de León XIV. Y uno no puede evitar preguntarse si durante décadas hemos estado gestionando a cientos de miles de personas con una mezcla de desinterés y algún walkie-talkie sin pilas. Porque hemos sobrevivido a ediciones memorables del Carnaval chicharrero sin necesidad de elevar el Plateca a los altares. Hemos acogido un concierto de Marc Anthony que nos costó casi un kilo y medio, macrofestivales, finales de fútbol con voluntad de derby, y hasta rebajas con parking gratis sin que nadie sintiera la necesidad de invocar preventivamente a Protección Civil. Hasta que llega el Obispo de Roma de visita, y el Gobierno se descuelga entre lo protocolario y lo apocalíptico.

 

No se lo reprocho: no es que nos sobre prudencia. La prudencia nunca es excesiva, y menos cuando se espera una concentración masiva con implicaciones logísticas, de seguridad y –por supuesto- de enorme alcance mediático. Con unas elecciones a la vuelta de la esquina, nadie quiere pifiarla. No es que el nuestro sea el más creyente de los pueblos de España, pero el Papa es el Papa, y hay que cuidar su visita como se merece. Hay algo casi teológico en la forma en que se nos presenta la demostración de cautela del Gobierno, como si la mera presencia del Papa obligara a elevar a los cielos el rango administrativo. Somos muy especiales para estas florituras: pasamos de la romería a la sacristía, del púlpito al concierto y del gentío al dispositivo de contención.

 

Y es que en Canarias sabemos de multitudes, sabemos lo que es organizar flujos humanos en espacios limitados, gestionar aglomeraciones improvisadas, lidiar con el caos amable que define buena parte de nuestra vida pública. Lo hacemos cada año, con una eficacia que rara vez se explicita y que, casi siempre, se apoya más en la experiencia acumulada que en los protocolos solemnes. Estamos muy orgullosos de gestionar el folclore carnavalero sin que sea necesario pasar después a limpio ninguna lista de damnificados. Aquí la logística no se anuncia: se practica, y nos gusta pensar que forma parte de nuestra particular idiosincrasia hacerlo bien, portarnos bien, gestionar multitudes cordialmente alcoholizadas y bailongas, sin que se produzca una cascada de incidentes reseñables.

 

Quizá por eso resulta tan sugerente este gesto anticipatorio, esta declaración de prealerta con semanas de antelación, como si se quisiera ofrecer al Archipiélago un periodo de preparación espiritual y administrativa, para afrontar lo que, en esencia, no deja de ser otro gran evento importante y masivo. Curiosa la inclinación contemporánea a que cualquier riesgo potencial sea atajado por un acto administrativo preventivo, como si nombrarlo fuera ya una forma de conjurarlo. Pero lo más interesante de esta decisión de meternos en prealerta no es la medida en sí, sino lo que revela, que es ese punto de fascinación institucional por todo lo que tiene que ver con las liturgias vaticanas, que define la vida pública española. La visita de un papa no es solo un acontecimiento religioso: es un evento político, mediático y simbólico de primer orden. Activa reflejos, despierta protocolos, moviliza jerarquías y -en ese contexto- la prealerta funciona como acto reflejo: es una forma de darse más importancia, aunque aquí llevemos décadas dándosela también a nuestros propios saraos laicos, mucho más desordenados, vistosos y carnales.

 

En la vida cotidiana, bastante lejos de la prosapia papal y sus rituales, seguiremos celebrando nuestras verbenas, romerías y carnavales, sin necesidad de aviso previo. Con la misma mezcla de improvisación y caos controlado que nos define, no vaya a ser que, entre tanto fervor, se nos olvide que llevamos toda la vida practicando el milagro de convivir en masa sin que nadie tenga que declararlo. Sin prealertas formales, sin comités asesores y con la justa policía patrullando nuestras calles. Probablemente no se precisa mucho más. Aunque es posible que con esto de la prealerta divina, algún ateo lagunero haya querido ganarse el cielo.


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