Jueves, 14 May 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

El regreso de Iván Redondo al entorno sentimental y estratégico del sanchismo no es fruto de la improvisación o la casualidad. En política, los reencuentros entre viejos compinches enfadados suelen producirse cuando el poder siente miedo. Y el poder sanchista lleva meses respirando miedo por todos los poros: miedo a la corrupción, miedo a las grabaciones, miedo a los informes policiales, miedo a los jueces, miedo a que la legislatura se convierta definitivamente en un lodazal imposible de vender como progreso. Por eso vuelve Redondo. Porque Sánchez le necesita para reconstruir un relato. Y hacerlo rápido.

 

El relato viejo murió hace tiempo. Murió entre Koldo, Ábalos, Santos Cerdán, las putas, las mascarillas, las comisiones, las colocaciones, los mensajes borrados y la insoportable evidencia de que aquel PSOE que venía a regenerar la vida pública terminó chapoteando en un barro aún más infecto que el que prometía limpiar. La superioridad moral de la izquierda oficial se ha ido derritiendo al mismo ritmo que las explicaciones delirantes de Moncloa.

 

Así que toca cambiar de pantalla. Se trata de una operación de propaganda que busca sustituir el debate público sobre la corrupción sanchista por una gran batalla emocional sobre la continuidad histórica del régimen nacido en 1978. No importa tanto reformar realmente la Constitución –no hay mayorías ni consensos que permitan hacerlo- como abrir un proceso de confrontación alrededor del modelo territorial. El objetivo no es jurídico. Es político. Y sobre todo, es electoral. De lo que se trata es de que las próximas elecciones sean una suerte de plebiscito entre una España supuestamente moderna, plurinacional y “democrática”, y otra España presentada como reaccionaria, inmovilista y anclada en el pasado. Una reedición -actualizada por un Sánchez cada día más podemizado– del viejo clásico español: dividir el país en bloques morales irreconciliables para que la gente acuda a votar contra los otros.

 

No es casual el abuso de recursos sobre la “España plural”, la “segunda Transición”, el “agotamiento del régimen del 78” o la necesidad de “adaptar” la Constitución a la nueva realidad territorial. Tampoco es casual que el PSOE abandere hoy las propuestas que hace apenas unos años defendían Podemos y los sectores más radicales del nacionalismo periférico. El sanchismo parece dispuesto a digerir ideológicamente todo lo que le permita sobrevivir una legislatura más. Porque Sánchez ya no gobierna desde un proyecto reconocible, lo hace desde la pura resistencia.

 

Y la resistencia exige que haya enemigos a los que resistir. La única escapatoria del sanchismo pasa por crear una nación enemistada. Cuando un Gobierno no puede exhibir eficacia, estabilidad o ejemplaridad, necesita elevar el debate hacia terrenos simbólicos donde la emoción sustituya a la gestión. Para el PSOE es más rentable hablar de “bloques democráticos” que de comisionistas entrando con bolsas de chistorras en los ministerios. O agitar el fantasma del franquismo, antes que explicar adjudicaciones y rescates bajo sospecha. Es mucho más cómodo abrir un debate constituyente que responder sobre el círculo íntimo del poder socialista, sacado de una peli de Torrente con guion de Valle-Inclán.

 

La supervivencia de Sánchez depende de mantener movilizado al nacionalismo catalán y vasco. Pero los indepes necesitan vender a su electorado que el apoyo al PSOE sirve para algo más que para que Sánchez siga en Moncloa. Por eso aparece ahora esta fanfarria confederal, este reclamo permanente a España reinterpretada como suma de soberanías, esta erosión calculada de la idea de la nación de todos. Y ojo: no hace falta llegar a una reforma constitucional. Basta con abrir el melón, con instalar la discusión, con obligar al PP a entrar al trapo participando del debate polarizador y aparecer como enemigo del “nuevo consenso histórico”. La trampa política consiste precisamente en transformar la defensa del marco constitucional en una prueba de inmovilismo reaccionario.

 

Y en medio de esa operación aparece el rey Felipe. Porque la Corona representa el último símbolo institucional compartido que queda en pie después de años de desgaste deliberado de todas las demás instituciones. El problema para Sánchez es que la Monarquía parlamentaria forma parte del pacto constitucional del 78. Y cualquier proceso de revisión constituyente obligará inevitablemente al Rey a pronunciarse. Ese es el verdadero riesgo del momento político español: no tanto la ruptura jurídica, que probablemente sea inviable, sino la demolición de los consensos básicos que han hecho posible la convivencia durante décadas. El sanchismo ha descubierto que su receta para sobrevivir es una sociedad dividida emocionalmente, mucho más fácil de gobernar que una sociedad reconciliada consigo misma. La polarización ya no es una consecuencia indeseable de la política, sino el combustible mismo del poder.

 

Y así seguimos, atrapados en esta campaña electoral interminable donde cada crisis –lo hemos visto nítidamente con la del hantavirus- se convierte en la oportunidad para abrir fracturas cada vez más profundas. Ya no se trata de gestionar el país, basta con dividirlo y enfrentarlo constantemente, para no tener que rendir cuentas de cómo se gobierna.


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