Presupuestos imaginarios

Francisco Pomares
- Lancelot Digital
Los presupuestos no son un trámite administrativo, son la principal herramienta política de cualquier gobierno. Constituyen la expresión numérica de sus prioridades y políticas de una Administración, la forma concreta de convertir en realidad las promesas electorales y los programas de gobierno. Gobernar en democracia consiste –básicamente-, en decidir dónde se gasta el dinero público, cómo y cuánto se recauda y qué proyectos reciben financiación. Por eso, en cualquier sistema parlamentario, la capacidad para aprobar unos presupuestos es una de las pruebas más evidentes de que un gobierno dispone de una mayoría suficiente para gobernar.
Resulta difícil encontrar precedentes en Europa de una situación parecida a la que se vive en España desde el inicio de la legislatura, hace ya tres años. Cuando concluya esta legislatura, España habrá pasado prácticamente cuatro años sin unos presupuestos presentados a las Cortes. El Gobierno sobrevive gracias a la prórroga de unas cuentas elaboradas para una realidad económica, política e internacional completamente distinta. Durante este tiempo hemos escuchado explicaciones de todo tipo. Primero se nos dijo que no era imprescindible aprobar presupuestos. Después que llegarían cuando las circunstancias fueran propicias. Más tarde que la prioridad era consolidar la recuperación económica. Y finalmente, que se presentarían en 2026. Durante casi un año, el Gobierno se comprometió a presentarlos fuera como fuese: pero finalmente no lo hizo, y tampoco ocurrió nada por eso.
La razón por la que no se presentan y aprueban desde hace tres años las cuentas del Estado es bastante sencilla: este Gobierno es un gobierno en minoría, un gobierno que perdió las pasadas elecciones pero negocio la investidura del presidente vendiendo a vascos y catalanes un acceso extraordinario y especial a la caja del Estado. Aun así, a pesar de haber hecho todo lo que los partidos secesionistas le pedían, el Gobierno no pudo materializar la amnistía personal de Puigdemont, y por eso no cuenta hoy con la mayoría parlamentaria capaz de aprobar los presupuestos. Es lo que hay, y Sánchez tiene perfectamente claro que no va a permitir que esa incapacidad de gobernar se materialice en una derrota parlamentaria de las cuentas. Porque eso demostraría la incapacidad del Gobierno.
El camino elegido desde entonces ha sido no presentar presupuestos y no votarlos. Hasta hace un par de días: en medio de la tormenta provocada por el escándalo Zapatero, y con sus socios –catalanes de Junts, vascos del PNV y canarios de Coalición- pidiendo adelanto de elecciones, Sánchez compareció en una rueda de prensa en Bruselas y fue preguntado por un periodista sobre la posibilidad de convocar elecciones si no logra sacar adelante los presupuestos tde 2027. Sánchez respondió que él no contestaba hipótesis, pero… -¡oh sorpresa!- acto seguido añadió que -si eso llegara a ocurrir- la opción podría plantearse. La frase sonó solemne y trascendente. Pero examinada con un mínimo de detenimiento resulta una perfecta tomadura de pelo.
Los presupuestos de 2027 deben presentarse antes de finalizar este año. Si el Gobierno no los presenta, será porque sabe que no dispone de apoyos suficientes. Si los presenta y son rechazados, el resultado práctico será exactamente el mismo. En cualquiera de los dos casos quedará por delante un plazo ridículamente corto de legislatura. Apenas unos meses.
Por tanto, cuando Sánchez afirma que podría convocar elecciones si no consigue aprobar los presupuestos, lo que realmente está diciendo es lo que ya sabíamos: que decidirá la fecha electoral en función de su exclusiva conveniencia política. Antes, después o coincidiendo con las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2027. Nada más.
No se trata de una reflexión sobre la gobernabilidad del país, sino de otro apunta personal sobre la personal supervivencia del presidente un año más. Sánchez volverá a hacer lo que se le antoje, pase lo que pase. La experiencia acumulada durante los últimos años permite aventurar con bastante seguridad que tampoco habrá cuentas nuevas en 2027. La única incógnita es qué explicación utilizará entonces el Gobierno para justificarlo.
Sánchez terminara utilizando precisamente esos presupuestos no presentados, imaginarios, como eje de su próxima campaña electoral. Después de todo, pocas cosas resumen mejor la política española actual que prometer unas cuentas que nunca llegan, culpar a los demás de que no existan y pedir después el voto para intentar aprobarlas algún día.
Tendremos el presupuesto convertido en programa electoral del Gobierno. Es la última innovación institucional de esta larga legislatura de presupuestos imaginarios.