Que llueva, que llueva… o no

Mar Arias Couce
Habría que hablar con George Soros, o con la masonería, los Iluminati o la secta que mejor nos venga para una conspiración a medida de la isla de Lanzarote. Me explico: La isla necesita lluvia. Es una afirmación irrefutable, aunque no tanto. Más bien habría que afirmar que el campo de Lanzarote necesita lluvia porque el resto de la isla está claro que no. No es que no la necesite, no la puede procesar. Cada año estamos unos diez meses escuchando todo lo que se hace para evitar próximas inundaciones, y dos meses viendo como con las cuatro primeras gotas que caen zonas como El Charco o Las Cuatro Esquinas dejan al descubierto todas sus miserias. Alcantarillas desbordadas, porquerías flotando por el piso, todo muy bonito y gratificante. Aquello del agradable olor a tierra mojada, aquí nos queda muy lejano.
Justo por eso, y porque ya me he rendido a confiar en una solución lógica al problema, es decir arreglar de verdad el alcantarillado y la desembocadura de los barrancos, las canalizaciones, etcétera, propongo recurrir a una conspiración climática a medida. Es decir, que nos diseñen una lluvia compartimentada: llueve en el campo, y a tres metros de allí, en los núcleos urbanos, brilla el sol. De esta manera, los turistas estarían felices y los agricultores también.
Cierto es que es poco probable que esas conspiraciones que algunos imaginan existan y que tiene toda la pinta de que nos vamos a fastidiar año tras año sufriendo las mismas calamidades y aguantando los mismos rollos de nuestros queridos políticos que siempre parecen tener la solución hasta que se demuestra, que no, que no la tienen.
Y es que, señores, aquí la lluvia no cae: se desploma. No llueve, hace performance. Y siempre escoge la misma hora: justo cuando la gente vuelve del trabajo o justo cuando te toca bajar la basura. Es una lluvia con sentido del espectáculo, una diva meteorológica que dice “ahora es mi momento”.
Y cada año es igual: dos meses de informes, tres ruedas de prensa, cuatro infografías, seis reuniones “técnicas” y un magnífico PDF que se pasea por las redacciones con la solemnidad de un documento histórico. Luego llueve diez minutos y descubrimos que el “plan integral de drenaje” consistía, básicamente, en rezar para que la nube se cansara antes de llegar a Arrecife.
Lo más entretenido es el tesoro arqueológico que emerge de las alcantarillas. Tapones de plástico de 2003, tickets de Spar, Hiperdino o Mercadona, chanclas huérfanas, bolsas que podrían estar declaradas BIC por antigüedad… Una historia de Lanzarote contada a través de los restos que flotan rumbo a tu zapato. Es todo tan bonito. Así que sí, que llueva, que llueva, pero depende de dónde.