Reconstruir Venezuela

Francisco Pomares
Los equipos de rescate llegados de medio mundo buscan supervivientes y retiran escombros tras los devastadores terremotos que han golpeado el norte de Venezuela, mientras centenares de miles de personas esperan encontrar alguna salida a la destrucción y la miseria. Pero el desafío del país apenas empieza ahora. Y no se trata únicamente de volver a levantar los edificios y viviendas destruidas. Hay que intentar reconstruir una nación cuya estructura económica se había derrumbado mucho antes de que la tierra comenzara a temblar.
Antes del colapso, el Gobierno venezolano ya preparaba la mayor reestructuración de su deuda soberana de toda la historia. Caracas reconocía un pasivo próximo a los 240.000 millones de dólares para una economía cuyo producto interior bruto apenas alcanza hoy los cien mil millones. Hace quince años, después de diez años de Chávez, el PIB venezolano rondaba aún casi cuatro veces esa cifra. El país ha perdido en década y media de polarización bolivariana cerca de tres cuartas partes de toda la riqueza que era capaz de producir. No existen precedentes de una destrucción económica de semejante magnitud sin mediar una guerra. Los sismos gemelos añaden su enorme factura a un Estado quebrado. Decenas de miles de edificios de todo tipo deberán reconstruirse. Infraestructuras básicas, hospitales, puertos, carreteras, redes eléctricas y sistemas de abastecimiento exigirán inversiones gigantescas. Pero el drama venezolano no comenzó con un temblor: comenzó hace mucho más tiempo, cuando la nación más rica de América del Sur inició un proceso de deterioro que acabaría en una de las economías más pobres y dependientes del continente.
La explicación a ese desastre resulta conocida: el chavismo destruyó el aparato productivo mediante nacionalizaciones, controles de precios y de cambios, expropiaciones, politización de PdVSA, inseguridad jurídica y una corrupción sistémica y extractiva que terminó por ahuyentar la inversión y expulsar a millones de ciudadanos. Todo eso es cierto y está ampliamente documentado. Pero quizá ya no es suficiente para comprender el verdadero alcance de lo ocurrido.
La cuestión es por qué un régimen persevera durante más de dos décadas en unas políticas cuyos efectos destructivos resultan evidentes. ¿Fue simplemente incompetencia económica, alimentada por la ilusión de que el petróleo podía sostener cualquier experimento político? ¿O llegó un momento en que el propio empobrecimiento dejó de ser un fracaso para convertirse también en un instrumento de poder?
No creo que pueda sostenerse seriamente que Chávez diseñó desde el principio un plan destinado a arruinar deliberadamente su país. Pero tampoco parece razonable ignorar que, una vez producida la destrucción de buena parte de la economía, esa nueva realidad terminó ofreciendo importantes ventajas políticas al régimen. La desaparición de las clases medias redujo la autonomía económica de millones de ciudadanos. La dependencia sustituyó a la iniciativa. Quien necesita del Estado para acceder a alimentos, combustible, medicamentos, empleo o subsidios, termina por depender también de quien administra esos recursos. Los programas sociales dejaron de ser mecanismos de protección para convertirse en un instrumento de fidelización política. La ciudadanía se hizo dependiente de la distribución de una escasez administrada desde el poder, mientras el petróleo dejaba de financiar el desarrollo, para financiar la supervivencia del sistema. La riqueza no desapareció del todo, pero su naturaleza cambió rápidamente, se concentró en muy pocas manos y domicilios. Investigaciones judiciales y periodísticas han seguido durante años el rastro de fortunas acumuladas al calor del poder bolivariano, nuevos patrimonios se desplazaron hacia Miami, Panamá, Dubái, Turquía, Qatar y otros paraísos fiscales, mientras desaparecían empresas, infraestructuras, servicios públicos y capital humano.
La emigración de casi ocho millones de venezolanos constituye quizá la herencia más devastadora de este proceso. Abandonaron el país médicos, ingenieros, profesores, empresarios, técnicos especializados y buena parte de la generación más preparada. La fuga del talento siguió a la de capitales. Y en ese contexto, también se produjo la creciente penetración de economías ilícitas. El deterioro institucional, el apogeo de redes de narcotráfico vinculadas a sectores del poder y la expansión de otras actividades ilegales no son fenómenos aislados en la destrucción económica y social de Venezuela.
Algún día los historiadores responderán a la pregunta clave: si el chavismo arruinó Venezuela por incapacidad o si, una vez consumada la ruina, descubrió que una sociedad empobrecida y dependiente resultaba más fácil de gobernar. Tal vez ambas explicaciones no sean incompatibles. Quizá acabaron por comprender que administrar la pobreza puede ser una forma muy eficaz de sostenerse en el poder.