Martes, 07 Julio 2026
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Érica Cerdeña

 

Permíteme robarte unos minutos de atención, si es que eso sigue siendo posible a estas alturas. Y no, no es porque haya llegado el verano y yo tenga ganas de olvidarme de lo que está pasando ni del nauseabundo espectáculo en que, demasiadas veces, se ha convertido la política. Es justo, por lo contrario.

A veces me olvido de nuestros políticos. Y creo que a ti también puede pasarte.

No hablo de los que copan titulares nacionales, alimentan tertulias o convierten cada intervención en munición para el siguiente asalto. Hablo de los de aquí. De tus representantes más cercanos. Los que ves en tu ayuntamiento, en tu isla, en la prensa local o en algún rincón de tu pueblo o ciudad.

Y quizá suene extraño decirlo, pero a veces, en medio de todo el ruido, aparecen resquicios.

Me pasa en las entrevistas que hacemos en Las voces de la mañana. Me pasa también en Café de Periodistas, cuando Jorge invita a alguien del gobierno o de la oposición -algo que, por cierto, le gusta recordar con insistencia, porque considera sano escuchar a unos y a otros-. En ocasiones, durante unos instantes, la gresca política, la estrategia y los asuntos que inevitablemente ocupan el centro de la conversación dejan espacio para algo inesperado: humanidad.

Una sonrisa espontánea. Un comentario sin guion. Una mirada de cansancio real. Un suspiro. Atrapan de inmediato mi atención.

Y entonces recuerdo algo que con demasiada facilidad olvidamos: detrás del cargo, de las siglas y del discurso, hay personas.

No pretendo justificar errores, malas decisiones ni actitudes reprobables. Tampoco endulzar lo que deba ser criticado. Pero sí creo que hemos interiorizado tanto la lógica del enfrentamiento que a veces dejamos de ver personas donde antes veíamos vecinos.

A menudo pienso que muchos políticos terminan desconectándose de la realidad cotidiana. Que incluso las actividades que organizan, promueven o inauguran dejan de importarles más allá del rédito político que les puedan generar. Pero, como ocurre con casi todo, hay momentos que les rompen el esquema y los devuelven a un plano mucho más sencillo.

Y son esos resquicios a los que, a veces, me agarro.

Porque incluso ellos caen en ese juego perverso de alimentar nuestras diferencias. Y, sin embargo, sospecho que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan.

Quizá no necesitemos estar de acuerdo en todo para construir algo juntos. Quizá baste con recordar, de vez en cuando, que al otro lado del discurso sigue habiendo alguien tan humano, cansado, contradictorio y vulnerable como cualquiera de nosotros.


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