Martes, 03 Marzo 2026
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Francisco Pomares

 

Zapatero compareció ayer ante el Senado con la aparente serenidad de quien pretende situarse al margen del escándalo: admitió haber cobrado 70.000 euros como consultor de Análisis Relevante, la empresa de su socio y amigo Julio Martínez –conseguidor vinculado al rescate multimillonario de Plus Ultra-, pero negó haber tenido relación o influencia alguna con la aerolínea venezolana o con su rescate. También negó haber hablado de ese asunto con quienes tenían que decidir lo que había de hacerse. Y negó cualquier trama, gestión, o influencia.

 

Pero Zapatero sí admite que trabajó como consultor para la empresa cuyo propietario participó en la operación de rescate de Plus Ultra. Reconoce que fue él mismo quien propuso que la agencia de sus hijas asumiera el marketing y la comunicación de la compañía de Martínez –Análisis Relevante- “como parte del acuerdo” para aceptar convertirse en consultor. Reconoce que cobró, pero sostiene que no tuvo nada que ver con la operación más importante en la que estaba empeñada esa empresa cuando lo fichó: la de convencer al Gobierno de Pedro Sánchez para rescatar a una aerolínea en quiebra.

 

Zapatero nos exige un acto de fe, una comunión con ruedas de molino, para aceptar una explicación increíble. Las píldoras de piedra molinera que hay que tragarse: un consultor que no asesora sobre el asunto central del que se ocupa la empresa para la que trabaja. Un expresidente del Gobierno que no habla con nadie del Gobierno para nada. Un mediador internacional con 58 viajes a Venezuela que mantiene una “gran relación” con Delcy Rodríguez y su hermano, pero que jamás intervino en nada relacionado con intereses empresariales de ese entorno.

 

Zapatero nos pide que aceptemos que cobró, pero no influyó, que propuso integrar a la empresa de sus hijas en el acuerdo profesional, pero todo fue transparente, técnico, sin conflicto de intereses y ajeno a cualquier gestión política. Que su amistad con Julio Martínez era tan natural que hacían footing juntos tres días antes de que su socio fuera detenido, pero que esa cercanía no tuvo nunca derivadas. Curioso amigo, Zapatero, que nunca intento echar una mano, ni hablar con Sánchez, ni hacer una sola pregunta para informarse de cómo iba el asunto.

 

El catálogo de las cosas que Zapatero no hizo es mucho más extenso que el de las que hizo. Y es eso, justo, lo que produce incredulidad. Porque a un consultor que ha sido presidente del Gobierno, no se le contrata por su capacidad para redactar folletos, ni a sus jijas para que los maqueten. Se le alquila por su agenda, por su conocimiento de cómo tocar al Estado, por su red de relaciones, por su interlocución. Ese es el valor añadido que justifica los honorarios de un expresidente metido a asesor de empresas. Si Zapatero no hizo nada de eso, entonces la pregunta es obligada: ¿qué hizo exactamente Zapatero para cobrar?

 

Zapatero no ha presentado ni uno sólo de los informes elaborados que le pagaron. No ha detallado que tareas concretas son las que realizó en calidad de asesor. No ha explicado en qué consistió su asesoramiento estratégico. Simplemente, afirma que no tuvo nada que ver con el rescate. Pero la empresa que le contrató y le pagaba estaba en el centro de ese rescate. Y la agencia de sus hijas maquetaba folletos. Y el rescate se produjo. Zapatero niega haber hablado con el ministro Ábalos sobre el asunto. Le creo. ¿Para qué tendría que hablar con Ábalos cuando podía hacerlo directamente con Sánchez? Zapatero niega haber tenido ninguna conversación previa con Sánchez antes de producirse el rescate, aunque reconoce que después el presidente le dio “ánimos”. Niega haber cobrado en efectivo. Niega haber tenido jamás relación con Víctor de Aldama más allá de coincidir una vez -porque se lo pidió Nicolás Maduro- en un avión del Gobierno venezolano. Por supuesto, no explica que interés tenía Maduro en que él y Aldama viajaran juntos. Ni de que hablaron durante ese vuelo. Zapatero sostiene que su labor en Venezuela fue exclusivamente por la paz, la mediación y la liberación de presos. Muy encomiable. Pero cuando afirma con naturalidad que tiene una “gran relación” con Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez, figuras clave del régimen bolivariano, lo que transmite resulta más bien turbio y grumoso.

 

Desde un punto de vista formal y jurídico, toda la arquitectura de las explicaciones de Zapatero es una sucesión de negativas categóricas. Pero suenan a huecas, y convierten sus argumentos en difícilmente creíbles: la credibilidad responde a la lógica del conjunto, que aquí no existe, porque lo que niega haber hecho es exactamente lo que suele hacer un consultor: abrir puertas, facilitar interlocuciones, aportar criterio estratégico, usar su capital relacional. Si no hizo nada de eso, entonces su contratación carece de todo sentido. Es difícil creer que alguien en su posición, con su experiencia y con su red de contactos, se limitó a ser un consultor ornamental mientras la empresa que le pagaba el sueldo, peleaba por lograr un rescate millonario del Estado a Plus Ultra.

 

Por eso yo no le creo. Porque tendría que hacer un esfuerzo enorme para creerme algo que no tiene sentido alguno.


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