Lunes, 15 Junio 2026
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Francisco Pomares

 

Durante décadas, la guerra del Sáhara sobrevivió congelada bajo la apariencia de un conflicto irresuelto pero inmóvil. El alto el fuego de 1991 convirtió los combates en un forcejeo diplomático, con el Polisario y Marruecos intercambiando declaraciones y comunicados. Los acontecimientos de las dos últimas semanas nos recuerdan que la guerra nunca desapareció del todo. Pero sí cambió de forma.

 

A finales de mayo, el líder del Polisario, Ibrahim Ghali, remitió una carta al secretario general de Naciones Unidas defendiendo que las acciones militares contra Marruecos son un ejercicio legítimo tras la ruptura del alto el fuego en noviembre de 2020. La misiva coincidía con un incremento de la actividad militar sobre el terreno y con una creciente frustración del Polisario ante el bloqueo diplomático. El pasado 4 de junio, combatientes saharauis lanzaron varios proyectiles contra las inmediaciones de Esmara, una de las principales ciudades bajo control marroquí. Según Rabat, sólo resultó herida una mujer y los daños fueron escasos. El Polisario sostuvo, por el contrario, que el ataque había provocado importantes pérdidas a las fuerzas marroquíes. Como suele ocurrir, las dos versiones resultaron incompatibles.

 

​Lo relevante ocurrió después, tres días más tarde, cuando Marruecos respondió con una operación que mató a tres combatientes de la RASD. Entre ellos se encontraba Lahbib Mohamed Abdelaziz, miembro del Secretariado Nacional del Polisario, comandante militar e hijo de Mohamed Abdelaziz, el dirigente que lideró la organización durante décadas. Su muerte en combate tiene una dimensión política evidente: durante años fue considerado una de las figuras emergentes dentro de la organización y uno de los posibles herederos de la influencia acumulada por su padre. Representaba, además, a un sector convencido de que la vía militar debía recuperar protagonismo tras décadas de negociaciones infructuosas. Pero el interés de este episodio no reside únicamente en la pérdida de uno de los dirigentes saharauis. También revela un cambio sustancial en la evolución del conflicto.

 

Cuando el Polisario anunció el fin del alto el fuego, en 2020, muchos observadores imaginaron una reactivación de las hostilidades similar a la de los años ochenta. No ha ocurrido así. La guerra que se libra hoy en el desierto poco tiene que ver con aquella. Es cierto que el Polisario sigue aproximándose al muro defensivo construido por Marruecos, para lanzar sus ataques de artillería o emplear cohetes iraníes de mayor alcance. Algunos de esos sistemas permiten alcanzar objetivos situados a decenas de kilómetros. Sin embargo, cada aproximación implica un riesgo creciente, porque el ejército marroquí utiliza ahora drones armados, como eje de toda su estrategia militar.

 

​Sin grandes alardes y evitando cualquier publicidad, Rabat ha desarrollado una red de vigilancia permanente a lo largo del muro. Los drones observan, identifican y atacan objetivos con una precisión imposible de imaginar hace apenas dos décadas. La consecuencia es que cualquier concentración de combatientes, vehículo o pieza de artillería puede convertirse en un blanco potencial.

 

​La muerte de Lahbib Abdelaziz encajar perfectamente en esa lógica. No se trata de una gran ofensiva ni de una batalla convencional. Es una operación selectiva que refleja el desequilibrio tecnológico que existe entre ambos contendientes. Mientras el Polisario recurre a tácticas propias de la guerra de posiciones, Marruecos libra una campaña basada en inteligencia electrónica, vigilancia continua y ataques de precisión. Es una diferencia que ayuda a explicar por qué la reanudación de las hostilidades no ha alterado sustancialmente la situación sobre el terreno. Y ocurre, además, en un contexto diplomático cada vez más desfavorable para el Polisario. Durante los últimos años se han multiplicado los apoyos internacionales al plan de autonomía defendido por Marruecos: EEUU mantiene su decidido respaldo, Francia lo ha reforzado y España abandonó hace tiempo la neutralidad que había caracterizado su posición tradicional como potencia administradora. Argelia sigue siendo el principal apoyo político y militar del Polisario, pero el equilibrio internacional ya no es el mismo que hace tan solo una década.

 

​La visita estos días del enviado especial de Naciones Unidas, Staffan de Mistura, a los campamentos de Tinduf, nos dice que la diplomacia continúa oficialmente abierta. Pero las posiciones parecen más alejadas que nunca. Y la muerte del hijo de Abdelaziz trasciende lo episódico. Demuestra el choque desigual entre dos formas de entender el futuro del conflicto, la de quienes siguen creyendo que la presión armada puede modificar el equilibrio político, y un Marruecos con superioridad tecnológica para contener indefinidamente cualquier desafío. La del Sáhara sigue siendo una guerra de baja intensidad. Pero ya no es la misma guerra.


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