Lunes, 06 Abril 2026
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José María de Páiz

 

El autismo con lejía, el cáncer con las manos o el dolor de huesos con una composición de gotas de vaya a saber usted el qué... Así de fácil, dicen algunos, que son capaces de curarnos.

 

No seré yo quien descubra que la salud es un negocio en constante crecimiento, pues si cada vez hay más soluciones a nuestras dolencias, también aumentan las nuevas enfermedades que se descubren.

 

El negocio camina con paso firme por la vía oficial y también por lo que muchos denominan la senda alternativa. Los dos son lícitos porque en ambos casos, la mayoría de las veces, los ampara la ley y los reclama la desesperación.

 

De cualquier forma, lo que me deja perplejo en todo este asunto es la falta de escrúpulos de algunos médicos y clínicas privadas, que son capaces de darte rayos hasta quemarte el alma y de paso, el bolsillo, haciéndote ver que tú, enfermo terminal, tienes alguna posibilidad de salvarte. Y luego están los que con una buena oratoria, dos hierbajos y la extrema necesidad, te harán creer lo increíble, siendo el objetivo claro, fundirte la cartera.

 

 

En este lucrativo y rentable negocio también entra la industria farmacéutica, que sabe bien cómo incentivar a los galenos para que receten a mansalva ésta o aquella pastilla; o aumenta la demanda de herbolarios, que crecen por falta de confianza en el sistema tradicional o por su facilidad para vendernos sus remedios en un mundo cada vez más necesitado de remedios.

 

¿Y si funciona? Ésta es la pregunta clave, porque cuando a uno le dan por desahuciado es capaz de aferrarse a cualquier cosa. En muchos casos, incluso a la mentira. Y no vamos a obviar el efecto placebo de algunos tratamientos y la sensación tranquilizadora que producen, aunque tranquilizar ayuda, pero no cura.

 

De lo que hablo no es de prohibir, hablo de reforzar un código ético y deontológico, porque hoy en día todo es un síntoma, una enfermedad, un especialista y un tratamiento que pagar. También hablo de aplicar la Ley con toda su fuerza para que el dolor del débil no sea la riqueza del desalmado.

 

Escribiendo estas líneas recordé a un viejo amigo que me confesó que nunca había enfermado hasta que, por primera vez, visitó a un médico.

 


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