Jueves, 19 Marzo 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

 Paco Pomares

Francisco Pomares

 

Durante años, en Canarias vivimos instalados en una cómoda ficción climática. Aquí no pasaban esas cosas. Las riadas, los coches arrastrados como juguetes, los barrios anegados o los muertos por una tormenta eran imágenes que pertenecían a otros lugares, a otros mapas, a otros telediarios. Nosotros éramos, en eso también, una excepción.

 

Hasta que dejamos de serlo. La gota fría que nos golpeó -con su carga de agua, barro, oscuridad y miedo- no solo rompió carreteras y tendidos eléctricos. Rompió una certeza. Durante días, Tenerife experimentó una sensación olvidada: la percepción de vulnerabilidad. Sin luz, sin agua, con comunicaciones interrumpidas y con la angustia instalada en las casas.  Tenerife ya había vivido esto antes. Lo que ocurre es que el paso del tiempo lo había convertido en historia.

 

En 1826, una tormenta devastadora arrasó el norte de Tenerife, especialmente el Valle de La Orotava. Durante años se instaló en la conciencia tinerfeña como el gran diluvio. Hubo centenares de muertos. Barrancos desbordados, tierras arrancadas, infraestructuras destruidas, una catástrofe de tal magnitud que se habló de ella como de un castigo bíblico. Hoy su recuerdo apenas ocupa unas líneas en los medios cuando se disparan las alarmas. Casi siglo y medio después, en 1962, otra riada, esta vez localizada sobre todo en la capital, Santa Cruz, dejó más de treinta muertos y arrasó barrios enteros. El barranco de Santos bajó convertido en un río de destrucción, llevándose por delante casas, propiedades, vidas… el episodio quedó fijado en la memoria de una generación… y luego fue perdiendo presencia, como todo lo que no se repite. Hasta que la gota fría rescató el miedo para nuestra generación. Empezó de mañana, el Sábado Santo de 2002, cuando la gente se preparaba para volver del Sur a la capital. De pronto empezó a llover y no paraba, y Santa Cruz se convirtió en un barranco desbordado. La ciudad descubrió, de golpe, que también aquí podía pasar. Luego volvimos a la normalidad, (o a algo parecido). Se limpiaron las calles, se repararon daños, se hizo balance y los políticos prometieron inversiones para evitar que nada así volviera a ocurrir. Y poco a poco, el recuerdo empezó a diluirse. Pensamos que estaba superado.

 

Y volvimos a olvidarlo. Tenemos una acusada tendencia para archivar en lo más profundo de la memoria las catástrofes y desdichas cotidianas. Es la forma en la que logramos sobrevivir.

 

Y así seguimos hasta que la Dana de Valencia se enseñoreó de nuestro miedo. Ahora, cada vez que llueve más de la cuenta, cada vez que se anuncia una nueva borrasca, cada vez que alguien insiste en usar términos como “alerta máxima” o “fenómeno extremo”, algo se activa. Es un resorte invisible, una inquietud compartida, un miedo que recorre conversaciones y pantallas: ¿y si vuelve a pasar?

 

Es un síndrome sin diagnóstico clínico, pero se reconoce fácilmente: produce la compra apresurada de agua, papel higiénico, velas y pilas, se manifiesta en el repostaje preventivo. Y en la consulta compulsiva de las apps meteorológicas, o en la ansiedad con la que se siguen las decisiones sobre suspensión de clases o cierre de carreteras. En esa mezcla de prudencia y pánico que hace que cualquier aviso se amplifique. Es una forma nueva de mirar hacia arriba, de reconocer nuestra insignificancia ante la naturaleza desbordada.

 

No es irracional. Pero tampoco responde a hechos reales. Tormentas, borrascas, inundaciones y ventoleras ha habido siempre, y sólo las grandes catástrofes nos han hecho cambiar nuestra percepción durante meses o quizá un par de años. Lo que ocurre ahora es una forma impostada de materializar y no asumir lo que es normal. Una forma excesiva de vivir el miedo, fruto del exceso de información, y de la mentira que es creer que todo puede estar controlado, y si algo escapa al control de la Administración es por incompetencia, negligencia o corrupción de nuestros gobernantes. Medios y redes alimentan la idea de que todo lo que ocurre es previsible y domable, que todo puede ser controlado y vencido. Es absolutamente falso, pero sirve para señalar responsables y víctimas, una de las actividades principales del discurso público hoy. A eso contribuyen también nuestros dirigentes, empeñados en acusarse recíprocamente de inutilidad intrínseca y absoluta.

 

La memoria reciente, cuando no se gestiona, puede devenir en miedo. Y los miedos, cuando se instalan, distorsiona la realidad. Nos hacen pasar de la inconsciencia a la ansiedad sin detenernos en lo que realmente necesitamos: una cultura de la prevención y –sobre todo- de la responsabilidad. Entre el “aquí no pasa nada” y el “esto se viene abajo” hay un discurso intermedio que siempre falla. Lo hace cuando la administración reacciona cerrando colegios, suspendiendo la vida y apostando por el miedo. El síndrome post-Dana es consecuencia de una forma de cobardía: asumir nuestra fragilidad, antes incluso de organizar nuestra capacidad de respuesta.


PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
×