Lunes, 16 Febrero 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

Alberto Rodríguez impulsa desde Drago Canarias un nuevo frente soberanista de izquierdas. No se trata de una idea muy novedosa: el intento de organizar el nacionalismo de izquierdas responde a la pluralidad política del Archipiélago. Es algo perfectamente legítimo, aunque conviene distinguir entre reconstruir una tradición y utilizar su memoria como palanca electoral. La música suena conocida. Y ahí está el primer elemento relevante: esto no es precisamente nuevo. En los años ochenta del siglo pasado, la Unión del Pueblo Canario logró representación en el Congreso y gobernó en Las Palmas de Gran Canaria. Dio forma a un espacio nacionalista de izquierdas con implantación real, con discurso propio y con una base social identificable, aunque finalmente resultara poco estable. Pero no era un invento táctico, sino la expresión política de un momento histórico concreto: transición, debate identitario, conflicto social y una izquierda que no quería subordinarse a estructuras estatales.

 

UPC no nació para llenar un hueco en las encuestas, aunque la coalición integrada por una gran diversidad de partidos, con el tiempo, se volvió inestable. Sus efectivos se diluyeron, mutaron o fueron absorbidos por partidos nuevos. Tras el retroceso que supuso la implantación del PSOE como fuerza hegemónica de la izquierda en Canarias, parte de UPC acabaría jugando en las filas de Coalición Canaria, y posteriormente en las de Nueva Canarias; otra parte se integró en dinámicas estatales; otra, simplemente desapareció. Hoy, Rodríguez aspira a ocupar lo que considera un vacío: un ‘hueco nacionalista’ a la izquierda de Coalición Canaria que, a su juicio, han dejado tanto Nueva Canarias como Primero Canarias. El nacionalismo de izquierdas pasó a ser irrelevante en términos parlamentarios. Aunque fuera utilizado como coartada política de partidos como Nueva Canarias, dispuestos a pactar con Dimas Martín o a compartir diputados en el Congreso, integrando una lista común con el PSOE.

 

Por eso, si de lo que se trata es de utilizar el reclamo del soberanismo como expresión política de un conflicto y de una identidad en construcción, lo cierto es que ese espacio no parece hoy demasiado grande, aunque en todos los sondeos se percibe su existencia, en términos de momento más sociológico que político. Si Drago quiere representar ese proyecto con vocación identitaria, tendrá además que demostrar que su apuesta por modelos similares a Esquerra Republicana o Bildu, es algo más que por reacción a los intentos de reorganización de la izquierda tradicional canaria en un acuerdo que podría incorporar a Sumar e Izquierda Unida, pero también a los restos de Nueva Canarias.

 

Rodríguez habla de “obediencia canaria”, de diputados que no respondan “ni a Madrid ni a Barcelona”, de un soberanismo amplio, diverso y no sectario. El mensaje está bien calibrado, apela al cansancio estructural del archipiélago con su irrelevancia en el Congreso, conecta con la frustración por promesas incumplidas y recoge el viejo anhelo de contar con un grupo de diputados canarios capaces de condicionar mayorías como hacen otras fuerzas territoriales.

 

La pregunta no es quien impulsa esta operación –Alberto Rodríguez, líder de Drago- lo hace por coherencia ideológica o por cálculo político: Rodríguez fue secretario de Organización de Podemos, un partido de ámbito estatal, con estructura centralizada y con un discurso explícitamente no nacionalista. Durante años, hasta que Podemos optó por dejarlo en la estacada tras su irregular suspensión como diputado, su trayectoria política estuvo vinculada a una formación que defendía un proyecto netamente español, es cierto que con apelaciones a la plurinacionalidad y al entendimiento entre las izquierdas de los territorios, pero nunca a un soberanismo canario autónomo y diferenciado.

 

Las trayectorias evolucionan, sin duda. Pero el salto desde la dirección orgánica de Podemos a la construcción de un frente soberanista insular exige una explicación política más profunda que la mera decepción con Sumar o el enfado con Ferraz. Rodríguez denuncia que las iniciativas sobre aguas, vivienda, alquiler vacacional o derechos laborales fueron bloqueadas en el Congreso. Por su experiencia como diputado, Rodríguez debería tener perfectamente claro que el margen de actuación de Sumar es limitado. El argumento de que Drago fue engañado por Sumar quizá funcione como motor electoral que como explicación creíble.

 

El contexto ayuda a entender la jugada. La operación en la que confluyen Izquierda Unida, sectores de Sumar y Nueva Canarias, está prácticamente cerrada, pendiente de lo más difícil: acordar el reparto de candidaturas, recurrente escollo en los pactos de la izquierda. Pero si el acuerdo prospera, amenaza con cerrar el espacio progresista insular bajo una nueva sigla o alianza. Y es ahí cuando Drago acelera su discurso soberanista, intentando diferenciarse y ocupar una franja ideológica hasta ahora sólo muy levemente dibujada. Y ahí reside la principal debilidad de la operación: el soberanismo no se improvisa. Requiere un relato sostenido en el tiempo, coherencia biográfica y una implantación social que vaya más allá del crecimiento organizativo y la entrada de gente joven. No es un traje que se viste cuando el espacio electoral lo permite.


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