Sobre la redada contra el tirano

Francisco Pomares
Los titulares lo repiten como un mantra: “intervención militar en Venezuela”. Pero la Casa Blanca ha evitado en todos sus pronunciamientos hablar de guerra. El bombardeo de objetivos militares en Caracas y alrededores, y la captura y secuestro de Maduro–‘extracción’, en neolengua– no ha sido presentado como una guerra, sino como una redada, realizada en cumplimiento de una orden penal federal. En 2020, la justicia estadounidense acusó a Maduro de organizar -junto a altos cargos bolivarianos y las FARC- una conspiración criminal para destruir EEUU, inundado de cocaína sus ciudades. Washington puso precio a la captura de Maduro -50 kilos- y preparó una operación de “ley y orden” ejecutada fuera de sus fronteras. Trump nos ha dicho que el objetivo no fue derrocar a un jefe de Estado, sino detener a un delincuente. Maduro ha sido tratado como prófugo. Se ha presentado así, porque si esto no es una guerra –aunque participen militares y se bombardeen objetivos-, no hay necesidad de acudir al Congreso. El Capitolio tiene que autorizar las intervenciones militares, pero no la ejecución de mandatos judiciales. El truco -porque es eso – consiste en usar el aparato militar como brazo ejecutor del poder judicial. Portaaviones, helicópteros, drones y la Delta Force, sí; pero envueltos en papel timbrado del la Corte Penal de Manhattan Sur, o la que Trump prefiera, que ahora dicen que será la de Miami.
Con planificación de la CIA y una intervención quirúrgica y eficaz, Maduro está ya en una prisión neoyorquina con fama de dura. Para millones de venezolanos y centenares de millones de demócratas de todo el mundo, la captura del tirano es una noticia estupenda. El dictador Maduro ha devastado Venezuela hasta convertirla en una nueva Cuba, sin necesidad de bloqueos. Se hundió la economía, ocho millones de personas huyeron del país, y el chavismo se convirtió en un cascarón corrupto que ha robado medio billón de dólares. Hay que alegrarse por la caída de Maduro y felicitarse porque un gobierno supuestamente sólido se desplomara, sin que su ejército, corroído por la corrupción y la desmoralización, quisiera pelear. El tirano cayó porque su régimen no quiso sostenerlo. Y ocurrió sin mucha sangre porque uno de los suyos se embolsó la recompensa y entregó su cabeza. El sheriff de América exporta los usos del Far West.
Pero hay más cosas: el desprecio a la voluntad de los venezolanos que supone asegurar que quienes ganó por goleada las últimas elecciones sin siquiera poder presentarse -María Corina- no cuenta con el apoyo de su pueblo, para apostar luego por la segunda de un régimen torturador, asesino y corrupto para gestionar la transición a la democracia. O hablar de los verdaderos motivos que mueven a Trump y su cuadra para elegir a la segunda de Maduro -Delcy García, la señora de las maletas, la amiga de Ábalos y Koldo-, como interlocutora en lo que viene. La respuesta es sencilla: fue ministra del petróleo, sabe cómo entregar a Trump y sus amigos el control de la mayor reserva de crudo del planeta. Ese va a ser su trabajo ahora, si nadie lo impide: o sea, si los militares entran en el convite y aquí se reparte como se debe.
Pero siendo todo eso dramático, el mayor drama es que en esta historia de la redada, Trump ha hecho exactamente lo que le salía de los congojos: no se ha aplicado aquí justicia internacional imparcial, no intervino la ONU, no hubo una sentencia de la Corte Penal Internacional, ni consenso multilateral alguno. Solo una decisión adoptada en el club de Mar-a-Lago, ejecutada porque él podía, porque tenía la fuerza para hacerlo. Fin del argumento.
Y luego está la pregunta que empaña la alegría y la esperanza por la caída del payaso tirano: ¿qué modelo de orden mundial estamos aplaudiendo exactamente? ¿Uno basado en la capacidad del más fuerte para que las normas dejen de aplicarse? ¿Quién decidirá mañana, si alguien es un presidente legítimo o un “criminal”?
Es verdad que la soberanía no puede ser una forma de impunidad: cuando un régimen es penetrado por el crimen organizado transnacional, el principio de no intervención debería ser revisado. Pero… ¿Quién se ocupa de eso? ¿Qué ocurre si mañana otra potencia decide aplicar la misma lógica en un escenario diferente? ¿Si China concluye que Taiwán lo gobiernan “terroristas” y hace lo mismo que Trump? Son siempre los fuertes quienes empiezan las guerras, las llamen como las llamen. Putin llamó a la suya contra Ucrania “operación militar especial’. Y va ya por un millón de bajas entre militares y civiles. Lo que hace Trump lo envalentonan.
Si las potencias se reparten entre ellas la legitimidad, retrocedemos al siglo XIX, desaparece la frontera entre Justicia y geopolítica, y las reglas se convierten en instrumento de los fuertes para salirse con la suya, quedarse con la riqueza… o ganar elecciones.