Miércoles, 27 May 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Francisco Pomares

 

Sánchez, ayer, en la sede romana de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Pedro Sánchez ha convertido la resistencia a la realidad en una forma de gobierno. Sobrevivió a primarias imposibles, a barones que lo daban por muerto, a una moción de censura que parecía casi una extravagancia y a una colección inagotable de crisis, escándalos y derrotas electorales. La supervivencia terminó por convertirse no ya en una estrategia, sino en la identidad política de él, de su corte y su partido. Tras el escándalo de Zapatero, resistir deja de ser fortaleza y empieza a parecerse mucho más a puro miedo. A ese miedo que hace que Sánchez abandone el país cada vez con más frecuencia para hacerse aplaudir fuera.

 

Por eso las declaraciones de García-Page tienen una importancia política enorme: no porque el presidente de Castilla-La Mancha sea hoy capaz de derribar a Sánchez. No lo es. Tampoco porque el PSOE vaya a rebelarse mañana contra su secretario general. Eso no va a suceder. La trascendencia reside en que, por primera vez desde que estalló el escándalo de los negocios de Zapatero, un dirigente socialista con poder real, con mayoría absoluta y con legitimidad electoral propia, expresa públicamente algo que muchísimos dirigentes y militantes piensan en privado: que la resistencia de Sánchez está provocando un peligro gravísimo al partido, que la estratega resistente del secretario general ha dejado de ser algo coyuntural y comienza a convertirse en un peligro existencial para el PSOE.

 

Cuando Page afirma que este es “el momento de mayor riesgo para el PSOE de toda la democracia”, no está exagerando en absoluto. Está leyendo el estado de ánimo de una parte creciente del socialismo español. Es la parte que cree que lo que resulta más dramático para el PSOE no es ya el contenido judicial de las investigaciones, ni siquiera la gravedad política de la imputación de un expresidente del Gobierno convertido en referencia moral e ideológica del sanchismo. Lo más dramático y perturbador es la sensación creciente de agotamiento histórico. La impresión de que el partido vive atrapado en una crisis permanente donde cada escándalo tapa al anterior hasta que aparece uno nuevo todavía peor.

 

Page lo resumió con una crudeza inhabitual en la política española: “No siempre los intereses de un partido coinciden con los de sus dirigentes”. Traducido al castellano común: ante la amenaza de Sánchez de unas elecciones locales y regionales con él en el poder, dentro del PSOE se afianza cada vez más la sospecha de que a Sánchez le importa una higa salvar al partido del apocalipsis zombi. Sánchez, solo se preocupa por salvarse él mismo. Y al partido que le den.

 

El PSOE no es un partido político más. Ha sido durante medio siglo parte imprescindible del paisaje de la Democracia española. Incluso quienes jamás han votado al PSOE entienden que su deterioro profundo tendría consecuencias enormes para la estabilidad institucional del país. Precisamente por eso resultan tan relevantes las palabras de Felipe González: el ya anciano líder socialista no pidió una moción de censura ni habló de conspiraciones palaciegas. Pidió algo mucho más sencillo y más concreto: que haya elecciones este año.

 

Cuando González y García-Page coinciden públicamente en algo, no estamos ante una pataleta de veteranos resentidos. Es una clara señal de alarma. Ambos coinciden en algo tan elemental como que prolongar esta situación terminará destruyendo mucho más que un liderazgo. Destruirá la credibilidad misma de la socialdemocracia española.

 

Cada día que pasa sin una salida política alimenta la percepción de un Gobierno encerrado en sí mismo, refugiado en un cóctel de propaganda, agenda internacional y resistencia numantina, mientras el país asiste perplejo a un acelerado deterioro institucional. Ya la prioridad no es la corrupción, el tráfico de influencias o las redes de blanqueo. A lo que el PSOE se enfrenta es a la incapacidad del partido para reaccionar cuando un Sánchez dispuesto a sacrificar a miles de alcaldes, y al poder regional que aún les queda a los socialistas, se aferra a su exclusiva supervivencia durante unos pocos meses más.

 

El PSOE ha construido durante años un discurso basado en la ejemplaridad, la limpieza institucional y la superioridad moral frente a la derecha. Sánchez logró auparse en la presidencia del Gobierno en nombre de la regeneración democrática. La moción contra Rajoy se justificó como una exigencia ética de acabar con la corrupción.

 

Hoy todo eso apesta a cinismo. Incluso para miles de socialistas que observan con estupor cómo su partido se revuelca en lo que prometió combatir. Page se ha referido a la tristeza de los militantes y votantes socialistas ante lo que ocurre. Esa tristeza puede ser para el PSOE aún más peligrosa que la indignación. Porque la indignación moviliza. Pero la tristeza vacía, rompe vínculos emocionales y deja cicatrices duraderas. Los partidos sobreviven a la derrota electoral. Lo que es más difícil es sobreponerse a la pérdida del sentido de realidad.


PUBLICIDAD
Cicar
PUBLICIDAD
Cicar
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
×