Domingo, 19 Abril 2026
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  • Francisco Pomares

 

Stiglitz lo ha dicho sin demasiados rodeos en su último libro: el euro, tal y como está diseñado, es un sistema defectuoso. No porque la idea de una moneda común sea en sí misma un error, sino porque se construyó sobre una unión monetaria sin verdadera unión fiscal, sin mecanismos eficaces de solidaridad entre países y con reglas rígidas que, en momentos de crisis, castigan más a quienes menos margen tienen.

No es una crítica menor. Ni nueva. Durante años, el euro nos fue presentado como un seguro de estabilidad y prosperidad. Una herramienta que permitiría a las economías europeas converger, crecer juntas y resistir mejor los vaivenes del mercado global. En parte, eso es lo que ha sido. Pero también ha demostrado sus límites. Especialmente cuando las cosas se tuercen. Porque cuando llegan las crisis -y siempre llegan- no todos los países parten del mismo punto. Y en ausencia de mecanismos reales para compartir riesgos, la moneda única se convierte en una camisa de fuerza para los más débiles. Ajustes, recortes, reformas impuestas… y un coste social que, en muchos casos, se ha pagado durante años.

Joseph Stiglitz lo resume asegurando que el problema no es solo económico, también es político. Un sistema diseñado por élites que han estado más atentas a los equilibrios financieros que a las necesidades de sus ciudadanos. El resultado salta a la vista: desafección, desconfianza, y crecimiento de opciones políticas que cuestionan abiertamente el proyecto europeo. No porque Europa haya dejado de ser una buena idea, sino porque su desarrollo concreto ha generado ganadores y perdedores. Y en ese mapa de tensiones, Canarias ocupa un lugar peculiar.

No formamos parte del núcleo duro de la eurozona. No somos Alemania, ni Francia, ni Italia o España en su conjunto. Somos una región ultraperiférica, con una economía muy vulnerable a los shocks externos, dependiente de importaciones, transporte, turismo y otros factores que no controlamos. Y, sin embargo, estamos sometidos a las mismas reglas.

Cuando se diseñan políticas económicas pensando en el conjunto del país o del continente, Canarias suele quedar en segundo plano. Lo hemos visto recientemente con las medidas anticrisis por la guerra en el Golfo, pensadas en clave de IVA, que no sirven en un territorio donde el IVA no existe. Sufrimos la dificultad para adaptar respuestas fiscales o energéticas a una realidad insular que no encaja bien en los modelos estándar. Porque el problema es el mismo a escala europea: sistemas diseñados con lógica general que no terminan de ajustarse a realidades diversas. En Europa, entre países, y en España, entre territorios.

La diferencia es que, en nuestro caso, el margen de maniobra resulta aún más limitado. Por eso comparto la idea de que es especialmente relevante el debate que empieza a abrirse en torno al futuro del euro. No se trata de dinamitar la moneda única, sino de reconocer que su diseño puede y debe cambiar. Que necesitamos mecanismos de solidaridad más efectivos, reglas más flexibles y una arquitectura que permita absorber mejor las crisis sin trasladar todo el coste a los ciudadanos, especialmente a los más pobres.

Y si no logramos que eso ocurra, se acabará planteando lo que hasta hace poco era un absoluto tabú: que el euro podría reformularse de manera radical o, en última instancia, abandonarse. No es una propuesta para mañana. Ni siquiera una opción deseable en sí misma. Pero el mero hecho de que se plantee ya dice mucho sobre el momento que vive Europa: lo que está en juego no es solo su moneda, sino la credibilidad de su proyecto político. Y ahí es donde nos conviene introducir dosis de realismo: Europa no va a romperse de un día para otro. Pero tampoco seguirá funcionando indefinidamente sobre equilibrios que generan tensiones constantes y desigualdades crecientes.

Canarias, por su parte, haría bien en observar el debate sobre el futuro del euro con creciente atención. No para sumarse a las soluciones radicales él de manera acrítica, ni para abrazar propuestas milagrosas, sino para entender que muchas de las dificultades que enfrenta la moneda única no son solo locales o coyunturales. Forman parte de un problema más amplio, más estructural, que tiene que ver con cómo se diseñan las reglas. Y también con quién las diseña.

La conclusión de Stiglitz es bastante sencilla: los sistemas económicos no son inevitables. No responden a leyes naturales inmutables. Son construcciones políticas, y como tales, pueden ser revisados, cambiados, mejorados. Pese a la dureza del diagnóstico, la propuesta de Stiglitz mantiene un tono final de esperanza. El autor defiende que Europa aún puede “recolocar su brújula”, reformar sus instituciones y construir un modelo económico más justo, con mayor prosperidad compartida y una democracia más sólida. Para ello, insiste, es imprescindible reconocer los errores del diseño original del euro y asumir que su reforma es una condición necesaria para salvar el proyecto europeo. La cuestión es si hay voluntad de abrir este melón. O si -como suele ocurrir tantas veces-, esperaremos a que las grietas sean demasiado grandes para ignorarlas.


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