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Todo lo que está mal

Antonio Salazar

 

El plan de vacunación constituye un estrepitoso fracaso con demasiados responsables, lo cual es una ventaja considerable para nuestra impagable, sobre todo impagable, clase política. Cuando los yerros son tantos y en tantos órdenes, la posibilidad de sanción es casi marginal. Pero se ha lucido la UE con un sistema de planificación centralizado en el que la transparencia o eficacia ha brillado por su ausencia. Es cierto que, por vez primera, hay severas críticas en lugares que no acostumbraban a mirar con recelo a la Unión Europea. Hemos ido demasiado lejos, lo que no debió dejar de ser un espacio abierto a la libre circulación de personas, bienes y capitales ha devenido en un monstruo burocrático hipertrofiado, capaz incluso de no admitir la dispensación de la vacuna rusa porque ésta no se fabrica en un país miembro. Un asunto burocrático, decidido por burócratas que cobran generosos salarios y dietas exentas de los elevados impuestos que recomiendan para los demás, negando la administración de un medicamento vital para superar el mayor desafío al que se ha enfrentado la humanidad en los últimos setenta años. En el colmo del cinismo, esos mismos burócratas admiten, con gesto serio cuando son preguntados, que la solución pasa por: “vacunar, vacunar, vacunar”. Muy bien, pero ¿con qué vacuna? 

 

El espectáculo es desolador. La economía se derrumba y la crisis sanitaria no termina de superarse porque la velocidad a la que lo hace es insuficiente. Aquellos que no buscamos nada en el estado ni pedimos a los gobiernos otra cosa que no sea que nos deje en paz, vemos como amenazan dos bienes preciados, la vida y nuestras haciendas sin que podamos poner remedio. ¿Acaso tiene lógica que se proceda con las vacunas en la forma que se está haciendo? ¿Es razonable que ante tamaño dislate siga a día de hoy siendo imposible poder adquirir una dosis?

 

 

Según la encuesta sobre valores que realiza en varios países europeos una entidad financiera, España es en el que más se espera del estado, hasta el punto de que son mayoría (76%) los que opinan que debe tener la responsabilidad principal en asegurar el bienestar de todos los ciudadanos, extremo que cree el 85% de las personas de izquierdas, el 75% de las de centro y el 62% de las que se dicen de derechas. Porcentajes muy superiores a los que presentan otros países de la UE, con medias de 59%, 47% y 46%, respectivamente, para los tres grupos ideológicos. Esto explica la sinrazón en la que estamos instalados, las pocas voces que se atreven a hacerse oír y la impunidad de nuestros gobernantes, incluso con una gestión tan incompetente de la crisis. Marginando medios que estaban disponibles -sanidad privada- y anteponiendo, un clásico, su ideológica al bienestar de todos.

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