Miércoles, 12 Agosto 2026
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Por Guillermo Uruñuela

No sé si sabrán -y si no es así se lo cuento- que hace unas semanas estuve en Guinea realizando un trabajo sobre el terreno para dar visibilidad a la labor humanitaria que realizan varios lanzaroteños a través de la canasta en el país africano. Unas crónicas que podrán leer en www.lancelotdigital,com, pero no les vengo hablar de ellas. Me gustaría acercarles una anécdota que viví en primera persona y que quedó anotada en mi bloc de notas nocturno.

Siempre me he sentido más un “contador de historias” (cosa sobre la que ya escribí) que un periodista al uso. Es decir, me suelen llamar la atención situaciones aparentemente cotidianas, vulgares e intrascendentes a ojos de la mayoría, y contarlas. Porque en ocasiones tienen mucho valor.

Simon, Oriol y yo nos metimos en uno de los barrios más auténticos de Guinea Ecuatorial. Un lugar hostil a priori para el blanco. Una ubicación complicada en la que la necesidad del ser humano era una constante y la lucha por sobrevivir una realidad.

Abandonamos el asfalto para meternos en unas calles secundarias de barro y piedras, mientras caminábamos entre casas muy humildes, estilo favela, que contaban con tejados de chapa. Simon, que se había criado en esas calles, nos llevó a su casa y allí nos invitaron a probar comida propia del lugar que aún me pregunto cómo pudieron cocinar algo tan rico en ese espacio improvisado a modo de cocina. Terminamos, dimos las gracias y nos fuimos.

En ese momento se acercó un chaval. Un crío adolescente que con mucho respeto se acercó a Simon. Era su hermano. El pequeño le pidió consejo sobre qué debía hacer. Al parecer, o algo así entendí, estaba realizando algún trabajo, pero no cobrara por ello; y como todos, necesitaba también dinero. En España seguramente le hubieran aconsejado que no volviera a ese sitio. Pero no. Simon no le dijo eso.

Se levantó la manga de la camiseta y le enseñó unas iniciales que se había tatuado de joven y venían a reflejar eso. Trabaja desde la excelencia. “Continúa yendo”, le dijo, y con otras palabras le explicó que entendía que era difícil pero que siguiera desarrollando su cometido, con buen talante, con una sonrisa, con esmero… pese a que no le pagaran. “Tarde o temprano te llegará tu recompensa”. Fue una mínima conversación, pero muy potente. Se abrazaron y nos fuimos dejando atrás a aquel chaval mientras nos miraba a lo lejos.

Puedo confirmar que esa recompensa con paciencia y constancia acaba llegando y sólo espero que en el caso del hermano de Simon llegue más pronto que tarde.


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