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Tributos verdes

Por Francisco Pomares

Publicado en El Día

 


Hace ya algunos años que dejó de hablarse de calentamiento global -el concepto que mejor define el riesgo al que se enfrenta el planeta en el próximo siglo- para referirnos a cambio climático, un enunciado del problema mucho más tranquilizador. Ahora, la política ha descubierto la capacidad que el miedo al futuro tiene para impactar en las conciencias de los electores: por eso se crean ministerios, consejerías o departamentos de Transición ecológica, otro eufemismo en lenguaje politiqués que no significa absolutamente nada, pero suena bien. Si habláramos de transición energética -la ecología en realidad no transita a ninguna parte-, entonces sí estaríamos refiriéndonos a la necesidad de sustituir los combustibles que emiten más CO2 a la atmósfera por otros que emiten menos CO2. Y ese es el principal reto del ecologismo hoy: reducir las emisiones de dióxido de carbono -si es posible empezar a hacerlo mañana mismo- y modificar a la baja la aportación desproporcionada que un territorio pequeño como Canarias hace al calentamiento.

 

Las medidas más urgentes no son llenar nuestras ciudades de automóviles eléctricos, ni sustituir el transporte de guaguas por el de trenes o tranvías. Los trenes y tranvías mejoran la calidad del servicio público y descongestionan el tráfico rodado, pero -igual que los coches eléctricos- sólo suponen una reducción sustancial a las emisiones de CO2 si la electricidad que los mueve se produce por fuentes renovables o con combustibles menos contaminantes que el fuel, como por ejemplo el gas. Llenar nuestras calles de coches eléctricos y nuestro paisaje de trenes que se enchufan a una red eléctrica alimentada con turbinas de fuel no resuelve nada. Lo que hay que hacer es invertir en producción de renovables, mejora de la red de distribución -que no soportaría hoy el aumento del consumo que supondría mover la electricidad suficiente para miles de automóviles- y cambiar de una vez el fuel por gas -que emite menos CO2- en las centrales eléctricas. Esas tres medidas sí contribuyen a reducir sustancialmente nuestra aportación al calentamiento del planeta: los coches eléctricos, por sí mismos, no. Los coches eléctricos contaminan como los de gasolina si el combustible que usan -la electricidad- se fabrica con fuel.

 

Comparto con el consejero de Hacienda que el transporte sobre raíles -trenes y tranvías- es el más eficiente y menos contaminante. Pero tiene que usar electricidad que no provenga de combustibles fósiles. Por desgracia, no podemos sustituir toda la generación eléctrica con fuel por generación renovable. Pero sí podemos hacerlo en parte, y reducir el impacto del fuel usando desde mañana gas en las centrales (están preparadas para hacerlo), avanzando así hacia la descarbonización.

 

La parte que más parece interesar a Román Rodríguez de este debate es la de implantar tributos verdes en Canarias. Pero la propuesta que hace para gastar lo recaudado no va dirigida a resolver el problema del calentamiento. Ojalá se dedicara más dinero de nuestros impuestos a frenar las emisiones de carbono. Pero no es verdad que invertir en el ciclo del agua, en la gestión de residuos o en coches eléctricos que usan electricidad producida con fuel contribuya a eso. Puede ayudar a reducir la contaminación de nuestros mares y acuíferos, evitar que la basura nos coma y mejorar la movilidad, todo ello muy necesario y conveniente. Pero no frena el calentamiento. Es mentira que lo haga. Por desgracia, la política es desde hace ya demasiado tiempo un mero marketing de mentiras.

 

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