Lunes, 07 Septiembre 2026
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Por Guillermo Uruñuela

 

El domingo estuve viendo una entrevista a Jon Hernández. Este tipo además de ser un experto en IA tiene en su función de divulgador una capacidad sensacional de comunicación. Como era lógico, toda la charla que se llevó a cabo frente a dos micros de estilo podcastiano, giró en torno a la Inteligencia Artificial, a la evolución de esta herramienta, a los desafíos a los que nos enfrentamos como sociedad pero sobre todo, a cómo en muy poco tiempo todo orden establecido saltará por los aires.

Tenemos que asumirlo y adaptarnos, dicen. A mí por el contrario me da vértigo. Me acojona.

Él mismo, habiendo seguido el crecimiento de este campo que tiende a lo antinatural, explicó que todo lo que conocía ya no servía para mucho. Que en apenas seis meses todo se había desarrollado a tal velocidad, de forma exponencial, que los creadores de una compañía en concreto habían echado el freno por las dudas de poder crear algo que empiece a operar casi por sí solo. De película. Entretanto habló de cómo desaparecerán muchas profesiones mecánicas e incluso, contó que realmente la gran mayoría de usuarios la utilizan de forma “amateur” pero que, si lo hicieran de manera más profesional, ningún especialista en ninguna materia podría ser mejor que la IA.

En ese momento, asustado por motivos obvios, escuché algo que me permitió no sobresaltarme más en el sofá. No todo está perdido aún. Hernández explicó que cada trabajador ha sido contratado por su empresa por el valor añadido que aporta y cobra por ello una remuneración. Y continuó esgrimiendo que lo único que ocurre en estos momentos es que igual tienes que replantearte qué sumas tú; y quizá aquí tengas que orientar tu valor. En el caso periodístico, en materia de datos, reconozco que es infranqueable. Ningún profesional de la palabra y la información podría conseguir en segundos estadísticas de cómo ha evolucionado el flujo migratorio en España en los últimos treinta años, por ejemplo, y cosas del estilo. Tocas una tecla y te aparecen gráficas, estadísticas, talla del pie y color de ojos de los miles inmigrantes que entraron en Canarias.

Pero. Y siempre hay un pero, en este caso para bien, seguiremos existiendo. ¿Por qué? Porque la IA no sabe cómo huele la Calle Triana en las cercanías de la estación depuradora. No recibe un mensaje de Loli a las seis de la tarde para denunciar un atropello laboral, pidiéndote contar su historia en la tele. No comprende qué se siente al pasear por La Geria en un atardecer de septiembre.

Hice la prueba. La prueba del algodón que yo haría para contratar a cualquier periodista foráneo. Puse contra las cuerdas a la IA con una sola pregunta. “¿Conoces a Toño “El negro"? En Lanzarote el 90% de conejeros no dudarían en contestar. Pero ella me repreguntó. "¿Te refieres a un músico mexicano…? Podrías indicarme en qué país, en qué contexto…”.

IA, podrás conseguir todos los datos, pero no tienes ni puta idea de la vida.


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