Un mensaje en la luna
Andrés Martinón
El otro día vi que tenía el coche ya suficientemente sucio como para tener que limpiarlo. Pero lo fui dejando. Evidentemente, fue a más y así fue como me dejaron el típico mensaje escrito a mano en la luna trasera. He de decir que al menos fueron decorosos y en vez de pintar alguna ordinariez me dejaron dos corazones, que a día de hoy y mientras escribo estas líneas, mantengo pues… no he limpiado el coche todavía.
Me acordé, por esto del coche lleno de polvo, cuando mi hermana y yo una vez intercambiamos mensajes gracias a la superficie no muy limpia de un coche que compartíamos.
Tendríamos veintipocos años y teníamos un coche heredado (o más bien comprado) por mi padre. Un Opel Corsa City 1000, el vehículo más barato del mercado pero que no lo podía tumbar ni el Huracán Carter. Eso sí, quienes lo maltratábamos éramos mi hermana y yo. Siempre sucio y el pobre siempre con el tanque seco como el desierto (recuerdo que una vez le puse 137 pesetas de gasolina. Lo que junté en monedas).
En esta ocasión, lo tenía ella. Creo que me dijo que tenía unas entradas para una fiesta en no sé qué sitio de Playa del Inglés. Y le dije, no me acuerdo por qué, que no iba a ir a esa fiesta. Sin embargo, luego quedé con mis amigos y me dijeron que esa fiesta iba a estar muy bien; que tenía que haberle dicho que sí a esas entradas gratuitas.
Bueno, nos fuimos a San Agustín y echamos un botellón. Al terminar, mis amigos y yo pasamos por unos aparcamientos y cuál fue mi sorpresa cuando vimos mi coche aparcado (mis amigos todavía se acuerdan de aquel Opel Corsa color granate con dos pegatinas del Papagayo Bar en la parte trasera). Entonces fue cuando pensamos que mi hermana estaba por la zona, pero no sabíamos dónde. Y recordamos que tenía las entradas para aquella preciada fiesta. Y no se me ocurrió otra cosa que escribirle en la luna trasera un mensaje de mi puño y letra, o más bien de mi dedo y letra, aprovechando la capa de polvo sobre la superficie del coche para decirle que sí iría a la fiesta; que me esperara a una determinada hora en el acceso al lugar y que me diera unas entradas para mí y para mis amigos.
Aquí voy a hacer una parada. Primero, para darle emoción al final de la historia y segundo para hacer el análisis con un poco más de fundamento sobre lo que es una simple anécdota. Y es decir, que habrán visto mientras leían que no había móviles. Que a veces las oportunidades se perdían porque cuando salías de tu casa y la otra persona con la que querías ponerte en contacto también, solo un golpe de suerte podía hacerte poner en comunicación con el otro interlocutor. Vamos que internet, la Inteligencia Artificial, las redes sociales son una pasada de avances, pero que sólo el hecho de que pudieras tener un teléfono en todo momento y poder llamar, ya era un salto en la historia de la humanidad como el del que inventó el fuego.
Termino la historia. Mi hermana volvió de su cena o de lo que hiciera al coche. Y vio el mensaje. Y tenía las entradas. Y fue a la fiesta y me las llevó…
Pero yo no fui. Creí que no vería el mensaje, que no tendría las entradas o que le saldría otro plan.
Lo dicho, el móvil nos habría evitado tanto trasiego. Y digo esto porque siempre estamos quejándonos de lo malo que es el móvil, pero, en definitiva, para comunicarse, es un invento que no está tan mal.